Pan, libertad y estrellas: Maslow y el derecho a quejarse
Hace años asistí a una conferencia en la universidad sobre los transgénicos. Al llegar el turno de preguntas, planteé al ponente una que llevaba un rato rondándome:
—¿Cree que los transgénicos podrían acabar con el hambre en el mundo?
El conferenciante respondió que la pregunta era muy interesante, pero que explicarla llevaría demasiado tiempo. Tenía que coger un tren y debía marcharse. La conversación acabó allí; la pregunta se quedó conmigo.
Hoy la recupero porque contiene otra cuestión: ¿qué necesitamos para que un avance científico se convierta en una mejora real en la vida de las personas?
Podemos preguntarnos qué aportaría una tecnología a la producción de alimentos. También quién tendría acceso a ella, en qué condiciones y qué dificultades seguirían existiendo. Son preguntas relacionadas, pero responder una no resuelve automáticamente las demás.
Algo parecido sucede cuando imaginamos una sonda alejándose de la Tierra con un disco de oro lleno de sonidos, música y saludos de nuestra especie. Una botella lanzada al océano cósmico, con unas dificultades de entrega que harían dimitir al cartero.
La imagen resulta conmovedora. Pero cambia cuando se contempla desde una casa donde no alcanza para llenar la nevera o comprar los medicamentos.
La sonda sigue siendo extraordinaria. Lo que cambia es la urgencia de quien la mira.
¿Qué espacio queda para pensar en las estrellas cuando toda nuestra atención está puesta en llegar a mañana? ¿Y cuánta libertad tenemos cuando no podemos permitirnos decir que no?
Maslow: cuando la nevera reclama protagonismo
En 1943, el psicólogo Abraham Maslow propuso una teoría de la motivación que suele representarse mediante una pirámide. En la base aparecen las necesidades fisiológicas, como comer y descansar. Después, la seguridad, el afecto y la pertenencia, el reconocimiento y la autorrealización.
La intuición resulta comprensible: cuando falta lo imprescindible, conseguirlo puede ocupar buena parte de nuestra atención. Es difícil concentrarse en desarrollar todo tu potencial mientras calculas si puedes pagar la calefacción y hacer la compra.
La autorrealización tiene complicado hacerse escuchar cuando la nevera solo contiene una luz.
Pero conviene introducir un matiz. El propio Maslow explicó que el orden de las necesidades era flexible y que su satisfacción no funcionaba mediante escalones que debieran completarse al cien por cien. Su propuesta no debe convertirse en una ley universal que clasifique a las personas según el peldaño que supuestamente ocupan.
Pasar hambre no impide amar, pensar, crear o defender una causa. Quienes sufren privaciones también buscan conocimiento y se maravillan ante el mundo. Su vida interior no desaparece porque su cuenta bancaria esté vacía.
La pregunta es cuánto esfuerzo adicional exige todo eso cuando sobrevivir se convierte en una preocupación constante.
De la pirámide al velero
El psicólogo Scott Barry Kaufman propone otra imagen para pensar las necesidades humanas: un velero. El casco reúne la seguridad, la conexión con otras personas y la autoestima; las velas representan la exploración, el amor y el propósito. Son partes de un conjunto que necesita funcionar durante el viaje.
La metáfora permite entender que podemos buscar sentido y querer descubrir el mundo mientras atravesamos dificultades. Pero, cuando entra agua en el barco, buena parte de nuestras fuerzas se dedica a mantenerlo a flote.
Podemos llevar la imagen al terreno político: ¿cuánto depende el viaje de la habilidad de quien navega y cuánto del estado del barco y de las condiciones del mar?
El esfuerzo personal cuenta. También cuenta disponer de un casco que resista. Resulta bastante cómodo dar lecciones de navegación desde un yate a quien intenta achicar agua con una taza.
Por eso, antes de atribuir cada dificultad a la actitud de una persona, convendría mirar qué está teniendo que afrontar y con qué medios.
Tener permiso y tener posibilidades
Imaginemos a alguien que recibe una oferta de trabajo con un sueldo insuficiente y unas condiciones abusivas. Legalmente puede rechazarla.
Pero mañana tiene que pagar el alquiler.
Su capacidad de elegir existe, aunque las alternativas sean terribles. Esa diferencia importa cuando hablamos de libertad.
Amartya Sen y Martha Nussbaum han desarrollado el enfoque de las capacidades, que presta atención a las oportunidades reales de las personas para hacer y ser aquello que tienen razones para valorar. Desde esa perspectiva, importa disponer de posibilidades efectivas de alimentarse, cuidar la salud, aprender y participar en la sociedad.
Aplicado a nuestro ejemplo: decirle a alguien que puede rechazar un empleo explica una parte de su situación. Para comprender el resto, necesitamos saber qué ocurrirá si lo rechaza.
¿Puede negarse sin quedarse sin casa? ¿Puede denunciar un abuso sin perder su sustento? ¿Dispone de alternativas o únicamente puede escoger entre distintas formas de aguantar?
Marx y Engels ya situaban las condiciones materiales en el centro de esta discusión. En La ideología alemana recuerdan que, para hacer historia, las personas tienen que poder vivir, y relacionan la liberación con la disponibilidad de medios reales para satisfacer sus necesidades.
El optimismo puede ayudar a atravesar una mala temporada. Para pagar la electricidad, de momento, siguen pidiendo otro tipo de energía.
Epicuro: elegir poco y tener demasiado poco
Epicuro introduce una pregunta complementaria: ¿cuánto necesitamos para vivir bien y cuánto hemos aprendido a desear?
En su Carta a Meneceo distingue entre deseos naturales y necesarios y otros que pueden alimentar nuestra inquietud. También explica el placer que una comida sencilla proporciona cuando desaparece el dolor del hambre.
Su reflexión ayuda a cuestionar la obligación de demostrar que prosperamos comprando cada vez más cosas. Sin embargo, al llevarla al terreno social hay que cuidar una diferencia:
Elegir vivir con poco y verse obligado a sobrevivir con poco son experiencias distintas.
Una cosa es renunciar voluntariamente a determinados lujos. Otra es prescindir de una comida, pasar frío en casa o aplazar un tratamiento porque no puedes pagarlo.
Antes de recomendar a alguien que necesite menos, convendría saber de qué está teniendo que prescindir.
Kropotkin: el derecho al pan y a las estrellas
Kropotkin aporta una idea especialmente sugerente en La conquista del pan: asegurar la subsistencia debe permitir que todos disfruten del ocio, del arte y del desarrollo de sus capacidades intelectuales. El bienestar incluye esos disfrutes que una sociedad desigual puede reservar a unos pocos.
Su propuesta se inscribe en el comunismo anarquista y defiende poner en común la riqueza social. Conviene explicarlo para no convertirlo simplemente en un autor que recomendaba ser generosos.
Podemos discutir sus soluciones y, aun así, recoger la pregunta que nos plantea: ¿qué vida queremos hacer posible para todos?
Aquí podemos volver a nuestra sonda. Quien tiene dificultades para llenar la nevera también tiene derecho a emocionarse con la exploración del universo. Puede querer escuchar música, estudiar astronomía o escribir una novela.
La pobreza no debería condenar a nadie a ocuparse exclusivamente de su pobreza.
Garantizar lo imprescindible puede abrir tiempo y posibilidades para desarrollar una vida propia. Y el avance tecnológico debería llevarnos a preguntar cómo distribuir esas posibilidades.
Si trabaja el robot, ¿quién gana tiempo para vivir?
Si un robot permite producir lo mismo en menos horas, ¿quién recibe el tiempo que se ahorra? ¿Se traduce en jornadas más cortas, mejores condiciones y mayor bienestar, o en despidos para unos y mayores beneficios para otros?
Incluso podemos plantear una pregunta incómoda: ¿deberían las empresas que sustituyen puestos de trabajo mediante la automatización contribuir de forma específica a proteger a quienes desplazan?
La expresión «que paguen impuestos los robots» resume el debate de forma llamativa. En la práctica, estaríamos discutiendo las obligaciones de las empresas y cómo repartir las ganancias de productividad.
Podría plantearse un impuesto ligado a la sustitución de empleo, una mayor contribución sobre los beneficios o mecanismos para compartir esas ganancias con los trabajadores. Cada opción exigiría examinar cómo aplicarla y qué efectos tendría, incluida la posibilidad de dificultar innovaciones útiles.
También habría que decidir qué queremos financiar: ingresos durante la transición, formación con oportunidades reales, servicios públicos o una reducción del tiempo de trabajo.
Habría que distinguir, además, entre automatizar una tarea y eliminar un puesto completo, y examinar si la tecnología permite aumentar la producción, transformar empleos o reducir plantillas. Una propuesta justa necesita atender a lo que sucede en cada caso.
Pero la pregunta política permanece: ¿cómo hacemos para que el ahorro de trabajo humano beneficie también a quienes realizaban ese trabajo?
Una máquina capaz de ahorrarnos esfuerzo abre una posibilidad extraordinaria. ¿Qué sentido tendría celebrarlo si quienes pierden su empleo se quedan también sin medios para vivir? ¿Podríamos utilizar parte de esa productividad para ganar tiempo de vida?
«No nos podemos quejar»
Hay un chiste político que suele contarse sobre Cuba y cuyo mecanismo sirve para cualquier dictadura:
—Soy cubano.
—¿Y qué tal por Cuba?
—No nos podemos quejar.
—¡Ah, entonces estáis bien!
—No. Que no nos podemos quejar.
La gracia dura unos segundos. La cuestión que plantea dura bastante más.
La ausencia de quejas puede significar satisfacción, pero también miedo.
Una sociedad necesita condiciones materiales que permitan vivir con dignidad. También necesita que sus habitantes puedan señalar lo que falla, organizarse y exigir cambios.
Tener ciertas necesidades cubiertas no concede a un gobierno permiso para silenciar a la población. Y poder hablar libremente tampoco resuelve por sí solo la falta de alimentos o de vivienda.
Ambas dimensiones se relacionan. Si denunciar la falta de medicamentos supone exponerse a represalias, resulta más difícil reclamar que lleguen. Si protestar en el trabajo amenaza con dejarte sin ingresos, el miedo a perder el sustento puede reducir tu capacidad para defenderte.
Por eso sería peligroso convertir la pirámide de Maslow en un calendario de concesión de derechos: primero comer; después ya veremos si podemos permitirnos opinar.
¿Quién decidiría cuándo hemos comido lo suficiente?
Chomsky: cuando podemos hablar, ¿cuánto pesa nuestra voz?
En su conferencia The Common Good, Chomsky analiza cómo la concentración de riqueza se convierte en concentración de poder político, en una discusión centrada principalmente en Estados Unidos. Su crítica nos invita a examinar la distancia entre disponer de derechos políticos y tener influencia efectiva sobre las decisiones colectivas.
Podemos trasladar esa pregunta a nuestro contexto, aunque para responderla necesitemos estudiar sus circunstancias concretas.
Tener libertad de expresión importa enormemente. También importa saber quién consigue atención, quién tiene acceso a quienes deciden y quién dispone de recursos para defender sus intereses durante años.
Una persona puede presentar una reclamación después de trabajar toda la jornada. Una gran organización puede dedicar equipos enteros a influir sobre una decisión. Examinar esa diferencia forma parte de preguntarnos cómo funciona una democracia.
El chiste anterior adquiere entonces una segunda pregunta: cuando sí podemos quejarnos, ¿quién nos escucha y qué posibilidades tenemos de cambiar las cosas?
La Constitución: entre lo sagrado y la casa de tócame Roque
Esta discusión también permite mirar hacia España.
En nuestro debate político, algunos artículos de la Constitución se invocan con una solemnidad extraordinaria. Otros parecen instalarse cómodamente en la casa de tócame Roque.
Para unas cuestiones, se exige un respeto reverencial al texto. Cuando hablamos de vivienda, salud o condiciones materiales de vida, la paciencia que se pide a la ciudadanía parece disponer de una prórroga automática.
Conviene ser precisos: la Constitución establece garantías diferentes para sus derechos y disposiciones. La protección de la salud y la vivienda se encuentran entre los principios rectores de la política social y económica. El artículo 53.3 establece que deben orientar la legislación, la práctica judicial y la actuación pública, y que su alegación ante los tribunales ordinarios depende de las leyes que los desarrollen. Su protección jurídica difiere de la que corresponde, por ejemplo, a la libertad de expresión.
Esa diferencia importa. También importa que esos compromisos formen parte del texto constitucional.
El artículo 47 encarga promover las condiciones para hacer efectivo el acceso a una vivienda digna y adecuada e incluye un mandato de regulación del suelo para impedir la especulación. El artículo 9.2 exige promover una libertad y una igualdad reales y efectivas, removiendo los obstáculos que las dificultan.
La propia Constitución reconoce así que las condiciones en las que vivimos afectan al ejercicio de nuestra libertad.
Cabe discutir cómo cumplir esos compromisos, qué medidas funcionan y cómo financiarlas. Esa discusión exige algo más que invocar solemnemente el texto cuando resulta conveniente.
No llegar, no intentarlo y caminar en sentido contrario
Ningún gobierno puede resolver todos los problemas de inmediato. Hay recursos limitados, conflictos entre objetivos y medidas cuyos resultados tardan en aparecer. También puede haber políticas bien intencionadas que fracasen.
Pero avanzar despacio, permanecer inmóvil y caminar en dirección contraria merecen valoraciones diferentes.
No haber conseguido todavía que un derecho sea efectivo no equivale a desentenderse de él. Y una dificultad real tampoco concede una excusa ilimitada para aplazarlo.
Para distinguir unas situaciones de otras necesitamos examinar decisiones concretas: qué se hace, con qué recursos, qué alternativas había, quién se beneficia y qué resultados se obtienen.
Que exista un problema no demuestra por sí solo una vulneración constitucional. Tampoco basta con llamar «inevitable» a una situación para que deje de ser una decisión política.
Un presupuesto distribuye recursos, pero también distribuye esperas. Y no todas las personas pueden esperar lo mismo.
Quien tiene una vivienda asegurada puede soportar mejor que una solución tarde diez años. Para quien está a punto de perderla, esos diez años son otra vida.
¿Quién paga el precio de la paciencia que se reclama?
El agua al otro lado de la valla
Podemos ampliar ahora la metáfora del velero de Kaufman y preguntarnos por lo que compartimos. Dependemos de infraestructuras, instituciones, ecosistemas y servicios que afectan a muchas vidas a la vez.
Decir que viajamos en el mismo barco no significa que viajemos en las mismas condiciones. Hay quien ocupa un camarote de lujo y quien trabaja junto a una vía de agua.
Ser millonario en un entorno de pobreza proporciona ventajas enormes. Puedes comprar una vivienda mejor, atención médica y seguridad privada. Pero, cuando proteger tu bienestar exige levantar muros, instalar cámaras y contratar vigilancia, cabe preguntarse qué clase de prosperidad estamos construyendo.
Si para disfrutar del jardín necesitas una valla de tres metros y alambre de espino, quizá haya algo que revisar más allá del presupuesto de jardinería.
Eso no convierte pobreza y delincuencia en equivalentes. Las personas pobres también padecen la violencia y la desprotección, con menos recursos para ponerse a salvo.
Además, su dignidad merece atención por sí misma. Nadie debería tener que demostrar que su sufrimiento puede acabar molestando a los ricos para que nos importe.
La pregunta es cómo se reparte la seguridad y cuánto bienestar podríamos construir mejorando las condiciones compartidas.
El modelo de la rosquilla de la economista Kate Raworth aporta otra perspectiva: propone asegurar un suelo social —alimentación, vivienda, salud y participación política, entre otras necesidades— dentro de un techo ecológico que proteja los sistemas naturales de los que dependemos. Es una propuesta económica y social distinta de la teoría de Maslow.
Nos permite añadir una pregunta al viaje: ¿cómo lograr que todos podamos vivir dignamente sin deteriorar las condiciones que hacen posible la vida?
Volver a mirar las estrellas
Aquella pregunta sobre los transgénicos nos obliga a examinar qué puede aportar el conocimiento y qué decisiones hacen falta para que sus beneficios lleguen a las personas.
La Voyager nos plantea una reflexión semejante.
Sería demasiado fácil concluir que debemos dejar de explorar el universo hasta resolver todos los problemas de la Tierra. La ciencia, la música y la imaginación también forman parte de una vida digna. Quienes sufren privaciones tienen el mismo derecho a disfrutarlas y a participar en ellas.
Podemos sentir orgullo por nuestra capacidad para enviar un mensaje al espacio y exigir responsabilidades por las carencias que persisten aquí. Ese orgullo puede convivir con una mirada crítica sobre la humanidad que presentamos en el disco y las vidas que quedan fuera del retrato.
Quizá una buena medida del progreso sea cuánta gente dispone de salud, tiempo, seguridad y libertad para participar en lo que vamos descubriendo.
Porque también hay una distancia enorme entre reconocer un derecho y poder ejercerlo, aunque esa distancia no se mida en kilómetros.
Aquella pregunta sobre los transgénicos quedó pendiente porque el conferenciante tenía que coger un tren. La conferencia terminó, pero la pregunta sigue acompañándome.
¿Qué necesitamos para poder decir «no» sin temer que nos cueste la comida, el trabajo o la libertad? ¿Cómo deberíamos repartir el tiempo y la riqueza que permite ahorrar la tecnología? ¿Hasta dónde llega nuestra prosperidad si termina en la puerta de casa?
Y cuando alguien nos diga «no nos podemos quejar», ¿qué tendríamos que preguntar antes de darlo por una buena noticia?
Fuentes y lecturas
Abraham Maslow: A Theory of Human Motivation (1943).
Scott Barry Kaufman: entrevista sobre Transcend y su revisión de la autorrealización.
Stanford Encyclopedia of Philosophy: The Capability Approach, sobre el enfoque de Sen y Nussbaum.
Karl Marx y Friedrich Engels: La ideología alemana, apartado sobre liberación y condiciones materiales.
Epicuro: Carta a Meneceo.
Piotr Kropotkin: La conquista del pan.
Noam Chomsky: The Common Good, conferencia de 2013.
Constitución española: artículos 9.2, 20, 43, 47 y 53.
Kate Raworth: explicación del modelo de la rosquilla.
Las conexiones con la Voyager, los ejemplos cotidianos y las preguntas sobre automatización son reflexiones de este artículo, no citas de los autores mencionados.
