Pensar y actuar: cuando la solución perfecta llega demasiado tarde
Hay una gotera en el salón.
Una persona corre a buscar un cubo. Otra estudia la inclinación del tejado, compara materiales impermeabilizantes y abre diecisiete pestañas para averiguar cuál sería la solución definitiva.
La segunda quizá encuentre una respuesta excelente. El problema es que, para entonces, la primera ya ha salvado el parqué.
Pensar nos permite anticipar consecuencias, detectar errores y evitar unas cuantas barbaridades. Pero tiene una dificultad que a veces olvidamos: mientras pensamos, las cosas siguen pasando.
El agua cae. Los problemas crecen. Las oportunidades caducan. Y el reloj, ese individuo tan poco dado al diálogo, continúa a lo suyo.
¿Hasta cuándo conviene reflexionar? ¿Cuándo necesitamos actuar con una respuesta que todavía tiene defectos? ¿Y cuándo sería más sensato dejar de intervenir?
El reloj también juega
En el ajedrez circula una máxima: «Más vale un mal plan que no tener ninguno».
Suele atribuirse a Mijaíl Chigorin, aunque su autoría es incierta. El historiador Edward Winter documenta una formulación prácticamente idéntica en un manual anónimo de 1849, anterior al nacimiento del maestro ruso. Tartakower también recogió una versión favorable a tener un plan, aunque fuera dudoso.[1] Hasta las frases sobre organizarse parecen tener un pasado bastante desorganizado.
La máxima tiene una intuición valiosa: un plan permite coordinar nuestras decisiones. Cada movimiento responde a un propósito y podemos valorar si estamos avanzando.
Aunque merece una objeción: si nuestro plan consiste en regalar la dama y esperar que el adversario se conmueva, convendría revisarlo.
Podemos quedarnos con una formulación más prudente: un plan imperfecto, razonable y revisable puede ser mejor que esperar indefinidamente al plan perfecto.
Porque puedes encontrar una combinación maravillosa y perder por tiempo antes de ejecutarla.
La vida tiene algo de eso: el reloj no se toma un descanso por respeto a nuestra profundidad filosófica.
Decidir antes de enterarse
En el otro extremo están quienes apenas han escuchado el problema y ya tienen diagnóstico, culpable y solución. Si les damos cinco minutos más, organizan una comisión para investigar por qué nadie les había preguntado antes.
Aquí aparece una expresión que conviene aclarar: a priori.
En filosofía, el conocimiento a priori es aquel cuya justificación es independiente de la experiencia. Eso no significa pensar deprisa ni pensar mal. En el uso cotidiano, sin embargo, criticar un «juicio apriorístico» suele señalar que alguien ha llegado a una conclusión sin contrastarla suficientemente con los hechos.
Y podemos hacerlo después de pensar muchísimo.
«No me ha contestado porque está enfadado conmigo». A partir de esa suposición construimos una teoría sobre la amistad, la ingratitud y la decadencia moral de Occidente.
Luego resulta que se había quedado sin batería.
Pensar mucho no garantiza pensar bien si nunca comprobamos aquello de lo que partimos.
Entre decidir antes de conocer lo suficiente y seguir investigando cuando ya necesitamos decidir transcurre buena parte de nuestra vida.
Aristóteles: también hay que practicar
En el libro II de la Ética a Nicómaco, Aristóteles explica que investigar la virtud debe ayudarnos a llegar a ser buenos. Compara a quienes se refugian en la teoría con pacientes que escuchan atentamente al médico y después incumplen sus indicaciones.[2]
Podemos imaginar la conversación:
—He comprendido perfectamente la importancia de caminar.
—¿Y ha salido a pasear?
—Todavía no. Estoy profundizando en el concepto.
Comprender tiene valor. Practicar nos obliga a comprobar qué hacemos con lo que hemos entendido.
Podemos estudiar la generosidad sin compartir nada, analizar la justicia mientras tratamos injustamente a otros o leer muchísimo sobre escuchar sin dejar terminar una frase a nadie.
Además, al actuar descubrimos dificultades que nuestra teoría no había previsto. También descubrimos algo sobre nosotros mismos: resulta más sencillo defender la paciencia que conservarla cuando alguien tarda doce minutos en pagar delante de nosotros.
Descartes y el bosque de las dudas
Descartes parece un candidato extraño para defender la necesidad de decidir. Lo recordamos por la duda metódica y por buscar un conocimiento seguro.
Sin embargo, en la tercera parte del Discurso del método propone una moral provisional para conducirse en la vida mientras examina sus ideas.
Utiliza la imagen de unos viajeros perdidos en un bosque: quedarse inmóviles o cambiar continuamente de dirección puede impedirles salir. Por eso aconseja mantener una dirección con resolución, sin abandonarla por motivos insignificantes. Las acciones de la vida, explica, muchas veces no admiten demora.[3]
Podemos comparar cursos, empleos o proyectos durante tanto tiempo que acabemos con una hoja de cálculo magnífica y la misma vida de antes.
Ahora bien, mantener una dirección tampoco debería convertirse en caminar hacia un precipicio para demostrar que somos coherentes.
Podemos recoger la necesidad de resolución de Descartes y añadir una cautela para nuestra reflexión: decidir permite avanzar; revisar permite corregir el rumbo.
Cambiar de opinión ante pruebas nuevas también puede ser una muestra de sensatez.
La experiencia también tiene algo que decir
Charles S. Peirce, uno de los fundadores del pragmatismo, relacionó las creencias con hábitos de acción y propuso aclarar nuestras ideas atendiendo a sus efectos prácticos concebibles.[4]
Podemos trasladar esa atención a las consecuencias a nuestros proyectos cotidianos.
¿Qué esperamos que ocurra? ¿Qué observaríamos si estuviéramos equivocados? ¿Qué podríamos aprender haciendo una primera prueba?
Podemos planificar durante meses una página web, un relato o un pequeño negocio. Mostrar una primera versión quizá revele en una tarde dificultades y posibilidades que nunca aparecieron en nuestros esquemas.
Actuar también aporta información.
Eso exige atender a los riesgos. Importa cuánto podemos perder, a quién afecta la prueba y si podremos rectificar. Hay errores que permiten aprender y otros cuyo coste soportarán personas que ni siquiera participaron en la decisión.
El cubo y el tejado
Volvamos a la gotera.
Poner un cubo es una solución incompleta. El tejado sigue roto. Pero el cubo evita daños mientras buscamos cómo repararlo.
A veces necesitamos una respuesta provisional y una reparación posterior. Esperar a disponer de la segunda puede impedirnos aprovechar la primera.
Aunque «algo es mejor que nada» tampoco es una ley universal. Hay intervenciones que empeoran el problema. En ocasiones, detenerse, observar o pedir ayuda constituye la decisión más razonable.
Además, los apaños tienen una curiosa tendencia a instalarse. Todos conocemos alguna solución temporal que ya ha celebrado varios cumpleaños.
El cubo salva el suelo. Si diez años después seguimos vaciándolo cada vez que llueve, quizá haya llegado el momento de hablar del tejado.
Si funciona, no lo toques
En informática circula una máxima que muchos han recordado justo después de ignorarla: «Si funciona, no lo toques».
Tiene su sabiduría. Antes de cambiar algo conviene entender qué ganamos, qué podemos estropear y si podremos volver atrás. Una pequeña mejora puede convertirse en una larga noche de restaurar copias de seguridad.
Que podamos intervenir no significa que tengamos un buen motivo para hacerlo.
Pero ¿qué entendemos por «funciona»?
Un programa puede abrir y perder datos de vez en cuando. Un sistema puede prestar servicio gracias a que alguien lo reinicia cada mañana y ejecuta tres pasos que solo conoce él. Desde fuera todo funciona; desde dentro hay una persona sujetando el tejado.
Nuestro cubo también funciona: recoge el agua estupendamente. Eso no significa que hayamos reparado la casa.
Conservar lo que va bien exige distinguirlo de aquello cuyos fallos hemos aprendido a soportar.
La prudencia necesita razones para intervenir y también razones para dejar las cosas como están.
Decidir bien no garantiza ganar
Hay una complicación adicional: podemos decidir con cuidado y obtener un mal resultado. También podemos cometer una imprudencia y salir bien por casualidad.
Si cruzo sin mirar y no me atropellan, he tenido suerte. Todavía no he fundado una escuela de seguridad vial.
Juzgar nuestras decisiones únicamente por sus resultados puede llevarnos a premiar la temeridad y castigar la sensatez.
Aquí entran las circunstancias que no controlamos: lo que solemos llamar suerte. Y aparece otra pregunta, más difícil: ¿existe un destino que tenga fijado lo que va a suceder?
Conviene distinguir ambas ideas. Una cosa es reconocer que muchos acontecimientos escapan a nuestro control; otra, creer que el desenlace está escrito y ocurrirá hagamos lo que hagamos.
Si todo va a suceder de todas formas, ¿para qué esforzarse?
Ese razonamiento expresa una actitud fatalista. Pero hay una distinción importante: incluso en una explicación determinista del mundo, nuestras acciones pueden formar parte de las causas que producen el resultado. No se sigue que nuestros esfuerzos sean inútiles.[5]
Que haya tomates depende, entre otras cosas, de que reguemos. Un mundo regido por causas no convierte el agua en un detalle decorativo.
Podemos decir: «Si está escrito que voy a aprobar, aprobaré». Aunque quizá también estuviera escrito que teníamos que abrir el libro.
Esto deja abierta la cuestión de la libertad, pero nos devuelve a un dicho que ya apareció en «A Dios rogando… ¿y el mazo?»: «A Dios rogando y con el mazo dando». La confianza en Dios, en el destino o en que las cosas acabarán saliendo bien puede acompañar nuestra acción; el problema aparece cuando sirve para sustituirla.
Podemos discutir quién gobierna el universo mientras regamos los tomates. Por si acaso, conviene que la huerta no dependa de que resolvamos primero el debate.
El Tao: encontrar el camino sin empujarlo todo
El taoísmo introduce otra perspectiva.
El Tao o Dao, que suele traducirse como «el camino», puede entenderse como el curso o proceso de la realidad. Imaginarlo como una maquinaria invisible sugiere un mecanismo demasiado rígido: no equivale necesariamente a un guion que lleve escrita nuestra biografía.[6]
En esta tradición aparece el concepto de wu wei, habitualmente traducido como «no acción». Puede aproximarse a una forma de actuar sin forzar, evitando una intervención artificiosa que entorpezca lo que pretendemos conseguir.
Pensemos en navegar. No controlamos el viento, pero podemos ajustar las velas. También podemos remar contra él hasta quedar agotados, convencidos de que al universo le falta voluntad de colaboración.
Esta imagen es nuestra manera de aproximarnos al concepto: observar las condiciones y actuar teniéndolas en cuenta puede ser más eficaz que intentar doblegarlas a cualquier precio.
A veces intervenir menos requiere comprender mejor.
Quizá confundimos el esfuerzo con su utilidad. Si algo nos ha costado muchísimo, sentimos que debería dar resultado, aunque llevemos media hora intentando abrir una puerta por el lado de las bisagras.
¿Cuándo estamos perseverando y cuándo estamos forzando una situación que necesita otro enfoque?
La conocida invitación de Bruce Lee, «Be water, my friend», ofrece una imagen cercana: ser capaces de adaptarnos en lugar de responder siempre con rigidez.[7] Podemos relacionarla con esta lectura del wu wei, sin confundir ambas cosas. Adaptarse también puede exigir actuar, cambiar de dirección o esperar el momento adecuado.
Y, por cierto, el agua de nuestra gotera lleva todo el artículo encontrando por dónde avanzar. Quizá convenga aprender algo de ella antes de que llegue al vecino.
Cuando la espera la pagan otros
Estas preguntas también tienen una dimensión política.
Una administración puede encargar estudios, solicitar informes y anunciar que está valorando todas las opciones mientras un problema continúa afectando a la gente.
La deliberación puede ser necesaria. También puede convertirse en una forma respetable de aplazar decisiones incómodas.
Quienes esperan una ayuda, una reparación o un servicio siguen viviendo con el problema durante la elaboración del informe.
En el otro extremo está la fascinación por quien promete resolverlo todo inmediatamente. Actuar deprisa transmite determinación, aunque la medida sea injusta, ineficaz o difícil de deshacer.
Y el «si funciona, no lo toques» exige aquí otra pregunta: ¿funciona para quién?
Un sistema puede resultar muy cómodo para quienes toman las decisiones y bastante menos para quienes soportan sus defectos.
Lo mismo ocurre cuando se apela al destino, al orden natural o a que «las cosas siempre han sido así». Describir una situación no basta para justificar que deba continuar.
Por eso importa preguntar quién soporta el coste de esperar, quién asumiría el riesgo del cambio y quién puede permitirse seguir pensando.
¿Cuándo mover ficha?
Quizá parte de la sabiduría consista en reconocer qué necesita cada situación: más información, una primera prueba, una decisión urgente o una pausa.
Siempre quedará alguna incertidumbre. Esperar a eliminarla por completo puede ser una forma muy elaborada de quedarse quieto.
Actuar nos compromete, además, a mirar lo que sucede después. Un plan revisable requiere que estemos dispuestos a revisarlo, incluso cuando ya lo hemos defendido con entusiasmo delante de toda la familia.
Y aceptar nuestros límites deja espacio para preguntarnos qué podemos hacer dentro de ellos.
Mientras tanto, el reloj sigue corriendo y la gotera sigue cayendo.
¿Cómo distingues tú la prudencia del miedo a decidir? ¿Recuerdas alguna ocasión en la que pensar más te ayudó, o una en la que habrías preferido actuar antes?
Cuando algo sale bien, ¿cuánto atribuimos a nuestro talento? Y cuando sale mal, ¿con qué rapidez empezamos a hablar de mala suerte?
Fuentes y lecturas
Edward Winter, «Chess Planning». Documenta antecedentes de la máxima sobre tener un mal plan, incluido el manual anónimo de 1849 y la formulación de Tartakower.
Aristóteles, Ética a Nicómaco, libro II. Especialmente los capítulos 2 y 4: el propósito práctico de la ética y la comparación con quienes escuchan al médico sin seguir sus indicaciones. Traducción inglesa de W. D. Ross.
René Descartes, Discurso del método, tercera parte. La moral provisional, la resolución al actuar y el ejemplo de los viajeros perdidos en un bosque. Edición en inglés en Project Gutenberg.
Charles S. Peirce, «How to Make Our Ideas Clear», 1878. Texto sobre las creencias, los hábitos de acción y la aclaración de las ideas a través de sus consecuencias prácticas.
Stanford Encyclopedia of Philosophy, «Fatalism». Panorama de los problemas filosóficos del fatalismo; véase especialmente la sección 7, sobre el argumento que presenta el esfuerzo como inútil.
Stanford Encyclopedia of Philosophy, «Daoism». Introducción al Tao, las tradiciones taoístas y la acción no forzada.
Bruce Lee, «The Philosophies». Su web oficial recoge la reflexión «Be water, my friend». La comparación con el wu wei es una interpretación propuesta en este artículo.
Los ejemplos de la gotera, los tomates, la navegación y las conversaciones humorísticas son recursos del artículo, no citas de los filósofos mencionados.
