Sócrates: el hombre que preguntaba demasiado
Filosofía con rostro
Imagina que sales de casa convencido de saber qué es la justicia. Te encuentras con un señor que te pide una definición. Se la das. Él hace una pregunta. Tú corriges un detalle. Él encuentra una dificultad. Tú buscas un ejemplo.
Veinte minutos después ya no sabes qué es la justicia, pero tienes clarísimo que vas a llegar tarde a comer.
Bienvenido a una conversación con Sócrates.
Después de preguntarnos para qué sirve la filosofía, toca conocer a alguien que convirtió el examen de nuestras ideas en una forma de vivir. Y que nos deja una cuestión especialmente oportuna en tiempos de tertulias, campañas y discusiones digitales:
¿Hablamos para comprender, para convencer o para ganar?
Un ateniense difícil de encajar
Sócrates vivió en Atenas entre aproximadamente el 469 y el 399 antes de nuestra era. No dejó escritos. Lo conocemos principalmente por Platón, Jenofonte y Aristófanes, cuyos retratos tienen propósitos y perspectivas diferentes.
Por eso conviene distinguir al personaje histórico del Sócrates que encontramos en las obras de otros. Los diálogos de Platón son textos filosóficos y literarios, no grabaciones de sus conversaciones.
Su escenario era una ciudad donde la palabra tenía consecuencias públicas. Intervenir en la asamblea o defender una causa ante un tribunal exigía saber hablar. La educación en persuasión y argumentación encontraba allí una demanda muy concreta. Aquella democracia, además, excluía de la participación política a mujeres, personas esclavizadas y extranjeros residentes: no debemos confundirla con una democracia actual.
En ese ambiente, Sócrates adquirió fama por examinar a quienes parecían saber.
Una ocupación intelectualmente estimulante y socialmente arriesgada. Hay personas que aceptan encantadas una pregunta hasta que descubren que tendrán que responderla.
El oráculo y una sabiduría bastante peculiar
En la Apología, Platón cuenta que Querefonte preguntó al oráculo de Delfos si había alguien más sabio que Sócrates. La respuesta fue que no.
Sócrates, desconcertado, examinó a personas con reputación de sabiduría. Según su relato, encontró conocimientos reales, pero también una tendencia a creer que saber de una cosa autorizaba a pontificar sobre todas. Su ventaja consistía en no atribuirse un saber que no tenía.
Algo reconocible hoy: dominar una profesión no nos convierte automáticamente en expertos en medicina, economía, historia y urbanismo.
Aunque disponer de conexión a internet facilita bastante el cambio de especialidad.
El célebre «solo sé que no sé nada» resume de manera popular esa actitud, aunque no es una cita literal de ese pasaje. La idea es más precisa: reconocer los límites de lo que sabemos.
Una frase atribuida a René Descartes expresa una inquietud parecida: «Daría todo lo que sé por la mitad de lo que ignoro». La autoría no está confirmada aquí mediante una obra o carta concreta; la recogemos como una atribución extendida, no como una cita verificada.
La imagen nos sirve para plantear una pregunta: ¿cuánto valor damos a lo que todavía podríamos descubrir?
Lo que sabemos y el océano que nos falta
Cada uno conoce una pequeña parte de un mundo inmenso. Dependemos del conocimiento de otras personas para casi todo: desde interpretar un análisis médico hasta construir un puente. Nadie puede comprobar personalmente todo lo que necesita saber para vivir.
Y, sin embargo, a veces salimos de leer tres titulares con una propuesta bastante firme para reorganizar el planeta.
Reconocer nuestra ignorancia no significa que todas las opiniones valgan lo mismo. Hay afirmaciones respaldadas por pruebas y otras sostenidas por costumbre, intuición o puro entusiasmo. Saber que podemos equivocarnos nos invita a examinar las razones, consultar fuentes y escuchar a quienes conocen mejor un asunto.
También conviene distinguir lo que nosotros desconocemos de lo que desconoce la humanidad. Que yo no sepa cómo funciona una vacuna no significa que nadie lo sepa. Mi ignorancia personal no es una frontera de la ciencia.
Y escuchar a especialistas tampoco exige considerarlos infalibles. Podemos preguntar por las pruebas, el grado de consenso y las incertidumbres sin fingir que todas las respuestas tienen el mismo respaldo.
Hay preguntas abiertas que quizá podamos resolver y otras cuyos límites todavía discutimos. ¿Hasta dónde puede llegar el conocimiento humano? ¿Qué podemos comprobar? ¿Qué estamos suponiendo? Tampoco sabemos de antemano dónde terminará nuestra capacidad de descubrir.
La lección socrática empieza por algo más cercano: no confundir la seguridad con la que hablamos con la solidez de lo que sabemos.
Decir «no lo sé» puede abrir una conversación. Añadir «vamos a averiguarlo» permite que avance.
El método socrático: poner una idea a prueba
En varios diálogos de Platón encontramos un procedimiento de preguntas y respuestas que examina las creencias del interlocutor. Una de sus formas recibe el nombre de elenchos: examen o refutación. No constituye una receta única aplicada siempre del mismo modo.
Podemos acercarnos a él con una conversación imaginaria:
—Ser justo es cumplir las leyes.
—¿Puede existir una ley injusta?
—Sí, claro.
—Entonces, ¿cumplir una ley injusta sería siempre justo?
La primera definición ya necesita una revisión.
El recorrido consiste en aclarar qué afirmamos, examinar sus consecuencias y comprobar si encaja con otras cosas que también aceptamos. Podemos buscar ejemplos, contraejemplos y contradicciones.
Encontrar una dificultad no demuestra automáticamente cuál es la respuesta correcta. A veces solo permite reconocer que nuestra primera respuesta era insuficiente.
Y eso ya es un avance.
Tenemos bastante entrenamiento en defender nuestras opiniones. Algo menos en preguntar qué podría hacernos cambiarlas.
La mayéutica: ayudar a que una idea nazca
Otra imagen célebre aparece en el Teeteto de Platón: Sócrates compara su actividad con la de una comadrona. De ahí la asociación con la mayéutica, el arte de asistir un nacimiento.
La metáfora presenta al interlocutor participando en la elaboración y el examen de sus propias ideas. No basta con recibir una respuesta y repetirla.
Ahora bien, tampoco conviene idealizar cualquier interrogatorio.
Preguntar sin descanso puede ayudar a pensar o convertirse en una manera de agotar al otro. Depende de si escuchamos las respuestas, aceptamos objeciones y estamos dispuestos a revisar también nuestras premisas.
Si preguntas «¿por qué?» quince veces, quizá estés filosofando. O quizá tengas cuatro años y tu padre necesite sentarse.
Preguntar bien exige escuchar. Si ya hemos decidido que ninguna respuesta nos hará reconsiderar nada, la conversación tiene bastante de examen y muy poco de encuentro.
Hablar bien, convencer y tener razón
Para entender el ambiente de Sócrates necesitamos conocer a los sofistas: educadores que ofrecían formación en diversas materias, especialmente en habilidades relevantes para la vida pública.
No formaban una escuela con una doctrina única. Tampoco es justo reducirlos a unos profesionales del engaño. Su mala fama está muy condicionada por las críticas de Platón, aunque sus propios retratos son más complejos que esa caricatura.
Aquí conviene separar algunas herramientas. Como orientación general:
| Concepto | Qué permite o qué persigue |
|---|---|
| Oratoria | Hablar ante un público con claridad y eficacia. |
| Retórica | Encontrar recursos para persuadir a una audiencia. |
| Argumentación | Ofrecer razones y examinar objeciones. |
| Dialéctica | Examinar posiciones mediante el intercambio de argumentos; su significado varía según la tradición. |
| Erística | Disputar con el objetivo de vencer al contrario. |
Estas actividades pueden mezclarse. Un discurso puede estar bien argumentado, emocionar y convencer. Una explicación verdadera también necesita encontrar palabras que lleguen a quien escucha.
El problema aparece cuando confundimos el aplauso con la prueba.
Puedes dejar a alguien sin palabras y seguir sin tener razón. A veces solo has conseguido que prefiera irse a merendar.
Lo de «el que calla otorga» tampoco demuestra gran cosa. Quien calla puede estar pensando, evitando un conflicto o esperando a que termines de hablar desde hace veinte minutos. El silencio, por sí solo, no prueba acuerdo; y una afirmación no se vuelve verdadera porque nadie la haya refutado.
De la plaza ateniense a la tertulia
No podemos trasladar sin más las categorías políticas actuales a la Atenas de Sócrates. Pero sí podemos llevar sus preguntas a nuestras conversaciones.
Imaginemos que alguien anuncia:
—Esta medida es lo que quiere la gente.
Podríamos preguntar:
—¿Qué personas? ¿Cómo lo sabemos? ¿Hay opiniones distintas? ¿Qué consecuencias tendría para quienes no la apoyan?
O que afirma:
—La solución es evidente.
Y preguntar:
—¿Qué problema concreto resolvería? ¿Con qué medios? ¿Qué costes tiene? ¿Qué podría salir mal?
Son preguntas aplicables a políticos, empresas, medios de comunicación y asociaciones. También a nosotros cuando compartimos un mensaje porque confirma algo que ya creíamos.
Especialmente entonces.
Populismo: una palabra que necesita definición
«Populista» se utiliza tantas veces como insulto que corre el riesgo de significar simplemente «político que no me gusta».
Para evitarlo, necesitamos un criterio.
Una definición influyente, desarrollada por el politólogo Cas Mudde, identifica el populismo con una visión que divide la sociedad en dos grupos enfrentados y supuestamente homogéneos: un pueblo moralmente bueno y una élite corrupta. La política debería expresar una pretendida voluntad general de ese pueblo. Puede combinarse con ideologías diferentes.
Esta definición no agota el debate académico, pero permite distinguir.
Una propuesta popular no es necesariamente populista. Tampoco lo son por sí solos un discurso emotivo o una denuncia de corrupción. Puede haber corrupción real, élites abusivas y demandas ciudadanas legítimas.
La cuestión es cómo se construye la oposición entre pueblo y élite, qué diversidad se reconoce dentro de cada grupo y quién se atribuye la capacidad de expresar esa voluntad colectiva.
Decir «todos son populistas» puede parecer una muestra de desconfianza saludable. Pero, si utilizamos la misma etiqueta para cualquier discurso, dejamos de distinguir sus diferencias.
El examen empieza precisamente ahí: ¿qué está diciendo esta persona y qué razones tenemos para describirlo de ese modo?
Preguntas para escuchar un discurso político
No existe una prueba infalible que podamos pasarle a una entrevista y obtener un diagnóstico. Pero estas preguntas ayudan a examinar tanto rasgos populistas como otros problemas de argumentación:
1. ¿Quién cabe dentro de «la gente»?
¿Se reconoce que la ciudadanía tiene intereses y valores distintos? ¿O solo cuentan como pueblo quienes apoyan al orador?
2. ¿Qué lugar ocupa el adversario?
¿Puede estar equivocado y seguir siendo un participante legítimo? ¿O cualquier discrepancia lo convierte en un traidor?
3. ¿Qué pruebas acompañan a las acusaciones?
¿Se presentan hechos comprobables y responsabilidades concretas? ¿O una etiqueta basta para declarar culpable a un colectivo entero?
4. ¿Qué ocurre cuando aparecen datos incómodos?
¿Se corrige la afirmación? ¿Se discute la calidad de esos datos? ¿O toda evidencia contraria se convierte automáticamente en otra prueba de conspiración?
5. ¿Cómo funcionaría la solución?
¿Hay mecanismos, plazos, costes y límites? ¿O solo una promesa que se sostiene mientras nadie pide detalles?
La simplificación, la conspiración o una promesa vacía no definen por sí solas el populismo. También merecen examen cuando aparecen en discursos que no encajan en esa categoría.
Y estas preguntas tienen una condición indispensable: aplicarlas al político que nos cae bien.
Con el que nos cae mal ya solemos venir bastante entrenados.
Cuidado con las trampas… también con las nuestras
Hay recursos que pueden desviar una conversación:
- Atacar a quien habla para evitar responder a su argumento.
- Deformar la postura contraria hasta convertirla en algo fácil de ridiculizar.
- Presentar dos únicas opciones cuando existen más.
- Invocar una mayoría como si el número de partidarios demostrara una afirmación.
- Cambiar de asunto cada vez que llega una pregunta incómoda.
Reconocerlos ayuda, pero aprender sus nombres tampoco nos vuelve invulnerables.
Podemos gritar «¡falacia!» con tanta solemnidad como antes gritábamos «¡porque lo digo yo!».
Además, cuestionar un argumento no resuelve por sí solo el asunto que discutimos. Si alguien defiende mal una conclusión, todavía debemos investigar si esa conclusión es verdadera o falsa.
Y evaluar con rigor tampoco obliga a repartir siempre la razón y el error a partes iguales. Habrá argumentos mejores, afirmaciones falsas y responsabilidades diferentes. Se trata de justificar esas diferencias.
El objetivo es mejorar el examen, no acumular puntos imaginarios contra el interlocutor.
Un juicio que impide un final cómodo
En el 399 antes de nuestra era, Sócrates fue juzgado por impiedad y por corromper a los jóvenes. Fue condenado a muerte.
El proceso tuvo lugar en una Atenas marcada por la derrota militar y los conflictos políticos. Reducirlo a «lo mataron por preguntar» borra un contexto complejo; convertir a Sócrates en portavoz de una democracia moderna también sería anacrónico.
En la defensa que escribe Platón, Sócrates se compara con un tábano que mantiene despierto a un gran caballo: la ciudad. Presenta su actividad como una incomodidad necesaria.
Es una imagen poderosa. También nos obliga a preguntarnos cuándo una crítica ayuda y cómo podemos escucharla sin confundir toda molestia con una agresión.
Una comunidad necesita tomar decisiones. Y necesita poder examinarlas.
La pregunta que nos llevamos a casa
Sócrates puede acompañarnos mucho después de cerrar el artículo: cuando una frase parece demasiado redonda, cuando compartimos algo sin comprobarlo o cuando sentimos que una objeción amenaza nuestra identidad.
Podemos detenernos y preguntar:
¿Qué estoy afirmando exactamente?
¿Por qué lo creo?
¿Estoy siendo igual de exigente con mis razones que con las del otro?
A veces llegaremos a una convicción mejor fundada. Otras tendremos que reconocer una duda. Y algunas descubriremos que estábamos discutiendo sobre cosas distintas con las mismas palabras.
Como vimos con Diógenes de Sinope, la filosofía también puede incomodar nuestras costumbres. Sócrates nos invita a empezar por las certezas.
Cinco minutos antes sabíamos perfectamente qué era la justicia.
Ahora quizá entendamos un poco mejor por qué cuesta tanto ponerse de acuerdo.
¿Qué te haría cambiar de opinión sobre una cuestión política importante?
¿Recuerdas una conversación en la que comprender al otro te importara más que ganar?
Y si Sócrates se sentara mañana a tu lado, ¿qué certeza tuya preferirías que no empezara a examinar?
Fuentes y lecturas
- Platón, Apología de Sócrates, especialmente los pasajes sobre el oráculo, el examen de quienes parecen sabios y la comparación con el tábano. Traducción inglesa del Center for Hellenic Studies de Harvard.
- Platón, Teeteto, 149a–151d: la comparación con el oficio de comadrona.
- Sócrates, en la Stanford Encyclopedia of Philosophy: fuentes, contexto histórico y dificultades para reconstruir al personaje.
- Los sofistas, en la Stanford Encyclopedia of Philosophy: diversidad, educación y papel de la palabra en la vida pública.
- Cas Mudde, The Populist Zeitgeist, Government and Opposition, 39(4), 2004, pp. 541–563.
- Sobre la frase atribuida a Descartes: recogida por Europa Press, sin identificación de una fuente original en ese artículo.
