Hipatia de Alejandría: pensar por cuenta propia en tiempos de fanatismo
Filosofía con rostro · Segunda entrega
Hay personas a las que la posteridad les hace una faena considerable: convierte su muerte en algo tan famoso que apenas deja sitio para su vida.
Con Hipatia de Alejandría sucede a menudo. Recordamos que fue asesinada, que era una mujer sabia y que vivió en una ciudad con una biblioteca legendaria. Después mezclamos esos ingredientes y nos sale una película en la que ella dirige la biblioteca, descubre media astronomía y representa, prácticamente sola, a toda la razón humana.
La historia real es más difícil de reconstruir. También resulta más interesante.
Porque Hipatia fue una profesora, una matemática y una filósofa con autoridad propia. Antes de preguntarnos por qué quisieron silenciarla, merece la pena detenernos en lo que hacía: enseñar a pensar.
Una actividad aparentemente tranquila. Hasta que alguien empieza a pensar por su cuenta.
Una mujer con autoridad en Alejandría
Hipatia vivió entre los siglos IV y V de nuestra era. Su fecha de nacimiento no se conoce con seguridad; murió en el año 415, en Alejandría, en el Egipto que entonces formaba parte del Imperio romano de Oriente.
Era hija de Teón de Alejandría, matemático y astrónomo con quien estuvo vinculada su formación. La tradición histórica la sitúa participando en ese ambiente de estudio, pero Hipatia alcanzó reconocimiento como maestra por derecho propio.
Enseñó filosofía y materias matemáticas, y reunió a su alrededor a alumnos que después ocuparon posiciones relevantes. Entre ellos estuvo Sinesio de Cirene, que llegaría a ser obispo cristiano y cuyas cartas permiten apreciar el respeto que sentía hacia ella.
Este detalle ya complica el reparto de personajes que a veces hacemos desde el sofá. Una maestra de tradición filosófica pagana podía tener discípulos cristianos y vínculos de afecto intelectual con ellos.
La realidad había decidido no ajustarse del todo al guion.
Hipatia no era cristiana. Eso no significa que fuera atea en el sentido actual: su filosofía pertenecía a una tradición en la que la reflexión sobre lo divino ocupaba un lugar importante. Presentarla como una científica contemporánea atrapada en el pasado sería vestirla con ropa que no era la suya.
La biblioteca que no ardió en una sola noche
Conviene despejar una confusión muy extendida: no contamos con pruebas de que Hipatia fuera bibliotecaria o directora de la célebre Biblioteca de Alejandría.
Tampoco debemos imaginar que su asesinato coincidió con un único incendio que borró de golpe todo el saber antiguo. La historia de las colecciones y de las instituciones de Alejandría atraviesa siglos, transformaciones y pérdidas diferentes.
Uno de los episodios más conocidos está relacionado con el incendio provocado durante la guerra de Julio César en Alejandría, en el año 48 antes de nuestra era. Los testimonios antiguos sobre los libros afectados y la magnitud de la pérdida no permiten reconstruir con seguridad una destrucción completa de la gran biblioteca.
Otro episodio importante fue la destrucción del Serapeo, el santuario de Serapis, en el año 391, en el contexto de los conflictos religiosos y de las medidas contra los cultos paganos. Este recinto había estado asociado a una colección de libros, pero no sabemos con certeza qué colección conservaba cuando fue destruido. Sería excesivo afirmar que allí ardió entonces todo lo que quedaba del saber alejandrino.
Hipatia fue asesinada en el año 415, más de dos décadas después. Su muerte y la destrucción del Serapeo pertenecen al contexto de las tensiones de aquella ciudad, pero son acontecimientos distintos.
Es tentador reunirlo todo en una escena: una mujer, una biblioteca y una multitud contra los libros. Pero una imagen poderosa no se convierte por eso en un hecho. El cine puede condensar siglos en dos horas; a la historia le conviene llevar un calendario un poco más ordenado.
Podemos admirar a Hipatia sin asignarle un cargo que no sabemos que tuviera. Ya bastante difícil es hacerse un currículum como para que, dieciséis siglos después, te añadan un puesto que nunca solicitaste.
La pérdida del patrimonio intelectual alejandrino fue un proceso complejo, cuyo desarrollo exacto sigue teniendo zonas oscuras. Eso no hace menos grave la destrucción de libros o de lugares de estudio. Nos recuerda que el conocimiento puede desaparecer por la violencia, pero también por el abandono y la ruptura de las redes que permiten conservarlo y transmitirlo.
Su importancia está en su actividad como maestra y pensadora. No necesita llevar las llaves de la biblioteca para merecer un lugar en esta historia.
¿Qué pensaba Hipatia?
Aquí aparece una dificultad fundamental: no conservamos una obra filosófica suya que nos permita reconstruir paso a paso un sistema propio.
Sabemos de ella a través de testimonios, cartas y referencias posteriores. Por eso conviene distinguir entre lo que podemos atribuirle personalmente y las ideas generales de la tradición en la que enseñaba.
Hipatia pertenecía al ámbito del neoplatonismo, una corriente que desarrollaba y reinterpretaba la herencia de Platón. Para situarnos, podemos destacar tres grandes inquietudes de esa tradición.
La primera: lo que percibimos con los sentidos no agota todo lo que podemos comprender. El mundo cambia, las apariencias engañan y nuestras primeras impresiones no siempre son buenas consejeras.
Algo bastante fácil de comprobar cada vez que una noticia nos indigna antes de haber pasado del titular.
La segunda: las matemáticas podían formar la inteligencia para reconocer relaciones y estructuras que no dependieran únicamente de una impresión particular. Un razonamiento geométrico exige algo más que decir «pues a mí me parece».
La tercera: la filosofía también estaba relacionada con la manera de vivir. La formación del juicio, el dominio de las pasiones y la búsqueda del bien formaban parte del trabajo sobre uno mismo.
En el horizonte neoplatónico había, además, una realidad superior y un orden inteligible hacia el que se orientaba el conocimiento. No hablamos solamente de aprender a calcular, sino de comprender nuestro lugar en una realidad con profundidad espiritual.
Este es el marco general que ayuda a entender a Hipatia. Convertirlo en una lista de frases que supuestamente pronunció sería ir más allá de lo que sabemos.
Y ella ya tiene suficientes citas circulando por internet sin que colaboremos en ampliar la plantilla.
Enseñar a razonar tampoco es poca cosa
A Hipatia se le atribuyen trabajos relacionados con la tradición matemática y astronómica de autores como Diofanto y Apolonio. El alcance exacto de sus aportaciones y la identificación de los textos en los que intervino siguen siendo cuestiones de estudio.
Eso aconseja prudencia con los titulares que la presentan como inventora de instrumentos o autora de descubrimientos concretos sin explicar la calidad de las pruebas.
También invita a valorar una tarea que solemos tratar como secundaria: enseñar, comentar, revisar y transmitir conocimiento.
Para que una idea llegue hasta nosotros, alguien tiene que comprenderla, explicarla y mantener abierta la conversación. La historia del pensamiento también depende de quienes hacen posible que otros piensen.
No todo avance necesita entrar en escena gritando «¡eureka!». A veces llega porque una profesora encuentra otra forma de explicar aquello que llevabas tres semanas sin entender.
Ese momento también cambia una vida. Aunque no le pongan banda sonora.
Una autoridad que incomodaba
Hipatia tenía presencia pública y relación con personas influyentes. Entre ellas estaba Orestes, prefecto imperial de Alejandría, enfrentado políticamente con Cirilo, el obispo de la ciudad.
En ese contexto circularon acusaciones contra ella. El historiador cristiano Sócrates Escolástico cuenta que se la consideraba un obstáculo para la reconciliación entre ambos.
En marzo del año 415, una turba cristiana la asesinó brutalmente.
El relato de Sócrates Escolástico, un historiador cristiano que escribió unas décadas después, cuenta que los agresores la sacaron de su carruaje, la llevaron al edificio conocido como Cesáreo y la desnudaron. Describe su muerte utilizando el término griego óstraka, traducido en distintas versiones como «conchas», «fragmentos de cerámica» o «tejas». Después, según ese mismo relato, desmembraron el cuerpo y quemaron sus restos.
De ahí viene la conocida versión de que fue «despellejada con conchas». Esa formulación no debería presentarse como un detalle indiscutible: el instrumento exacto y la manera de describir la agresión varían entre traducciones. Podemos contar lo que transmite la fuente sin fingir una precisión que no poseemos.
Aquí el humor debe detenerse. El relato describe una violencia extrema contra una persona, seguida de la destrucción de su cuerpo. Y lo que se quemó en este episodio, según el testimonio citado, fueron sus restos: no la Biblioteca de Alejandría.
La identidad religiosa de los agresores forma parte del relato histórico. También el enfrentamiento por la autoridad en la ciudad. Reducirlo todo a una discusión abstracta entre ciencia y religión deja fuera esas relaciones de poder.
Las fuentes tampoco permiten atribuir sin matices una orden directa de asesinato a Cirilo. Podemos examinar el conflicto y las responsabilidades de aquel entorno sin presentar como demostrado lo que sigue siendo discutido.
Hay otra precisión importante: ser mujer pudo influir en cómo se percibía su autoridad y en la hostilidad hacia ella, pero convertir su asesinato en un episodio con una sola causa haría más sencilla la explicación a costa de empobrecerla.
Su muerte no necesita adornos para resultar terrible.
La incómoda costumbre de pedir razones
Podemos traer su historia al presente sin fingir que Hipatia vivía nuestros debates.
¿Qué ocurre cuando el prestigio de una persona depende de su capacidad para enseñar, y no de obedecer a quienes mandan? ¿Qué sucede cuando las lealtades políticas pesan más que los argumentos?
Una sociedad puede presumir de admirar el conocimiento y ponerse nerviosa cuando ese conocimiento cuestiona una consigna.
Nos gusta imaginar que nosotros siempre estaríamos del lado de quien pregunta. La prueba empieza cuando la pregunta incomoda a nuestro grupo.
Ahí el espíritu crítico a veces pide una excedencia.
El fanatismo crece cuando una convicción se declara inmune a cualquier examen y transforma al discrepante en enemigo. Esa tentación puede aparecer en ámbitos religiosos, políticos o ideológicos muy distintos.
La distancia entre discutir una idea y perseguir a quien la sostiene debería parecernos inmensa. La historia demuestra que conviene cuidar esa distancia.
Recuperar a la maestra
Incluir a Hipatia en una historia de la filosofía también obliga a preguntarnos cómo se construyen esas historias.
Qué nombres recordamos. Qué obras se conservaron. A quién se permitió estudiar y enseñar. Cuántas contribuciones conocemos de forma incompleta o a través de otros.
No podemos rellenar todos los huecos inventando una heroína perfecta. Sí podemos reconocer esos huecos y dedicar atención a quienes quedaron peor representadas en la memoria del pensamiento.
Hipatia merece espacio por su actividad intelectual, por su enseñanza y por la autoridad que alcanzó. Su asesinato forma parte indispensable de su historia; su vida tiene mucho más que ofrecer que una escena final.
Quizá el mejor homenaje sea imaginar la conversación antes de que la violencia la interrumpiera: alguien plantea una pregunta, otra persona pide una explicación y una maestra ayuda a avanzar.
Sin garantías de encontrar la respuesta definitiva. Con la posibilidad de comprender algo mejor.
¿Qué profesor o profesora te enseñó a pensar de una forma que todavía recuerdas?
¿En qué momento una convicción deja de ayudarnos a comprender y empieza a impedir que escuchemos?
Y una pregunta menos cómoda: cuando alguien cuestiona algo que creemos profundamente, ¿sentimos curiosidad por sus razones o empezamos a decidir de qué bando es?
Referencias para ampliar
- Sócrates Escolástico, Historia eclesiástica, libro VII, capítulo 15: testimonio antiguo sobre Hipatia y su asesinato.
- Sinesio de Cirene, Cartas: correspondencia vinculada a Hipatia y a su círculo.
- Plutarco, Vida de César, 49; Amiano Marcelino, Historias, XXII, 16; y Sócrates Escolástico, Historia eclesiástica, V, 16: testimonios antiguos relacionados con los incendios, los libros y la destrucción del Serapeo, que deben leerse atendiendo a sus diferencias y límites.
- Maria Dzielska, Hipatia de Alejandría: estudio sobre su figura y su contexto.
- Edward J. Watts, Hypatia: The Life and Legend of an Ancient Philosopher: biografía y análisis de la construcción de su imagen.
