Se vende la idea de Bien: poco uso y ninguna salida laboral
Hay titulares que parecen un chiste hasta que uno se ríe y descubre que le ha quedado una pequeña molestia debajo de la carcajada.
El Mundo Today publicó uno de esos: la falta de dinero en la Complutense obligaba a los profesores de Filosofía a vender la idea de Bien en Wallapop. La pieza, firmada por Xavi Puig, es una sátira, por supuesto. Este artículo parte de esa broma para abrir otra conversación; no estamos contando una venta real ni utilizando el relato humorístico como fuente sobre las cuentas universitarias.
Lo inquietante es lo poco que cuesta imaginar el anuncio.
Dos mil quinientos años preguntándonos cómo vivir y, cuando por fin aparece una posible respuesta, alguien escribe para saber si se la dejamos más barata porque tiene que venir desde lejos.
Quizá el problema no sea que hayamos decidido vender el Bien. Quizá sea que ya solo sepamos reconocer su valor cuando alguien pregunta cuánto cuesta.
Platón no había previsto los gastos de envío
Antes de seguir, aclaremos qué estamos poniendo a la venta. El Bien de Platón no es un bien material, como una casa o un coche, ni significa simplemente hacer algo correctamente: una estafa puede estar muy bien ejecutada y seguir siendo mala. Hablamos de un principio filosófico que permite comprender lo verdadero y orientar nuestra idea de lo justo y lo bueno. La broma consiste precisamente en tratar esa idea abstracta como un objeto de segunda mano: ponerle precio y preguntar quién paga el envío.
En el libro VI de La República, Platón compara el Bien con el sol: así como la luz permite ver, el Bien hace posible comprender la verdad. Es una idea difícil, pero podemos acercarnos a ella con una pregunta bastante cotidiana: ¿de qué nos sirve saber hacer muchas cosas si no sabemos distinguir cuáles merece la pena hacer?
Podemos construir una máquina extraordinaria, organizar una administración impecable o diseñar una campaña publicitaria brillante. Todavía queda por discutir para qué queremos cada una de esas cosas y a quién benefician.
Platón sitúa el Bien en el centro de su proyecto filosófico. Nosotros podemos imaginarnos al comprador mirando la fotografía:
—¿Funciona?
—Permite orientar el conocimiento y la vida.
—Ya, pero ¿se conecta por Bluetooth?
Conviene no convertir al filósofo en un santo de nuestra devoción: su modelo político, jerárquico y poco amigo de la democracia, también merece una buena discusión. La filosofía sirve, entre otras cosas, para discrepar de los filósofos. No hemos salido de una caverna para empadronarnos en otra.
Pero la pregunta sigue ahí: ¿quién decide nuestros fines mientras nosotros perfeccionamos los medios?
Adam Smith entra con un vaso de agua
De esa broma pasamos ahora a otra pregunta: cómo distinguimos lo valioso de lo que tiene un precio. El Bien platónico y el valor económico son conceptos diferentes; el anuncio imaginario nos sirve de puente entre ambos debates.
Antes de repartir carnés de capitalista y anticapitalista, dejemos entrar a Adam Smith. En La riqueza de las naciones distingue entre valor de uso y valor de cambio. Su ejemplo es famoso: el agua resulta indispensable para vivir, mientras que los diamantes pueden intercambiarse por muchas más cosas.
El precio y la utilidad no son la misma pregunta. Y ninguno de los dos agota por sí solo lo que entendemos por importancia humana.
Un diamante puede costar una fortuna. Pero si llevas tres días perdido en el desierto, conviene revisar la tasación.
La comparación no demuestra que los precios sean absurdos: la disponibilidad y la escasez importan, y la economía tiene mucho que explicar sobre ellas. Sí nos ayuda a desconfiar de un salto bastante habitual: pasar de «esto se paga poco» a «esto vale poco».
Cuidar a un familiar, escuchar a un amigo o mantener viva una biblioteca pueden aportar muchísimo sin generar una gran factura. Una operación comercial puede mover cantidades enormes y dejar detrás una utilidad social bastante más discutible.
Smith nos presta una distinción. La pregunta sobre la universidad la ponemos nosotros: ¿podemos juzgar todo lo que enseña únicamente por el salario que permitirá cobrar?
No es una pregunta contra el empleo. Quien necesita pagar el alquiler tiene excelentes motivos para preocuparse por las salidas laborales. Precisamente por eso merece algo mejor que elegir entre estudiar lo que le interesa y llegar a fin de mes.
Marx mira quién pone el precio
Marx comienza El capital analizando la mercancía, su utilidad y las relaciones de valor e intercambio. Más adelante, en ese mismo capítulo, examina el fetichismo de la mercancía: cómo las relaciones sociales entre personas aparecen como relaciones entre cosas.
Traído a nuestra escena —esta aplicación es nuestra—, Marx probablemente querría saber quién trabaja, quién paga, quién decide y quién se queda con el resultado. Mientras Platón explica el Bien, alguien ya está redactando las condiciones del servicio.
El chiste se vuelve incómodo cuando nos preguntamos qué ocurre al tratar la educación principalmente como una inversión privada que cada estudiante debe rentabilizar.
Aprender permite trabajar, desde luego. También permite comprender una ley, discutir una injusticia, reconocer una manipulación o cambiar de opinión sin sentir que hemos perdido una guerra.
Nada de eso garantiza que una persona culta sea buena. Hay individuos muy leídos capaces de organizar una barbaridad con notas al pie. Pero renunciar a la formación crítica tampoco parece una solución prometedora.
Y aquí podríamos imaginar una entrevista:
—Buscamos a alguien con pensamiento crítico.
—He encontrado tres problemas en las condiciones del puesto.
—Nos referíamos al pensamiento crítico de la competencia.
A veces se solicita iniciativa con la esperanza de que nadie tenga la iniciativa de preguntar demasiado.
Dos más dos, según presupuesto
Un viejo chiste, que circula en distintas versiones, cuenta que preguntan a un matemático, a un físico y a un contable cuánto son dos más dos.
El matemático responde:
—Cuatro. Y puedo demostrarlo.
El físico consulta sus mediciones:
—Aproximadamente cuatro, dentro del margen de error.
El contable cierra la puerta, baja las persianas y pregunta en voz baja:
—¿Cuánto quiere que sean?
El pobre contable carga aquí con una culpa que puede repartirse entre bastantes profesiones, incluida la de quien escribe artículos. El problema es decidir primero la conclusión y buscar después los números, los argumentos o las citas que la hagan parecer inevitable.
Si hemos decidido que una biblioteca sobra, siempre podremos contar cuántos préstamos realiza y olvidarnos de las personas que estudian allí, de quienes no pueden comprar libros o de quienes encuentran un lugar donde estar.
También podemos hacer la trampa contraria: declarar sagrada cualquier institución y considerar una agresión toda pregunta sobre su funcionamiento.
Pedir cuentas es necesario. Elegir qué cuenta también es una decisión.
Una tabla puede estar perfectamente calculada y responder a una pregunta demasiado pequeña.
El planeta no admite una ampliación de capital
Hay una frase atribuida al economista Kenneth Boulding que suele traducirse así: «Quien crea que el crecimiento exponencial puede continuar indefinidamente en un mundo finito es un loco o un economista».
Que la pulla se atribuya a un economista mejora considerablemente el chiste. Es una crítica que llega desde dentro del gremio, con conocimiento del mobiliario.
Boulding desarrolló en 1966 una comparación muy sugerente: la economía del vaquero, que actúa como si siempre hubiera nuevas fronteras, frente a la economía del astronauta, consciente de que comparte una nave con recursos y capacidad de absorber residuos limitados.
En la primera, cuando algo se agota, seguimos hacia el horizonte. En la segunda, tirar la basura por la escotilla no hace que deje de ser nuestro problema.
La imagen permite discutir qué significa crecer. No todo aumento de valor económico exige el mismo consumo de materiales: mejorar conocimientos, reparar productos o prestar mejores servicios puede transformar esa relación. La innovación importa. También importa comprobar sus resultados materiales, en lugar de dar por hecho que resolverá cualquier límite.
La frase abre un debate; no sustituye el trabajo de estudiarlo.
Podemos querer que crezcan la salud, el conocimiento y las oportunidades. Otra cuestión es asumir que deben aumentar indefinidamente la extracción, los residuos o la energía consumida.
Si el objetivo es vivir mejor, habrá que hablar de qué aumenta, qué disminuye, cómo se reparte y qué dejamos a quienes vienen después.
Porque el planeta tiene un inconveniente administrativo: no acepta que ampliemos su capacidad mediante una nota de prensa.
La universidad también tiene que pagar la luz
Llegados aquí, sería cómodo imaginar a los humanistas defendiendo el alma y a los economistas intentando cobrarles el aparcamiento. Sería cómodo y bastante injusto.
La universidad necesita presupuestos, gestión, edificios seguros, investigación y salarios. Sus recursos tienen límites. Debe explicar qué hace con ellos, detectar despilfarros y corregir privilegios. Una asignatura no se vuelve excelente porque su título esté en griego.
También necesita docentes capaces de enseñar y una formación que ayude a desenvolverse en el mundo. La precariedad laboral no se cura regalando a los graduados una cita de Aristóteles.
Pero administrar bien exige discutir los objetivos antes de recortar lo que resulta más difícil de medir. ¿Qué esperamos de la educación pública? ¿Profesionales competentes? ¿Investigación? ¿Ciudadanos capaces de discutir las decisiones de sus gobernantes? ¿Acceso al conocimiento para quienes no pueden comprarlo?
Probablemente varias cosas a la vez. El conflicto empieza cuando una de ellas se presenta como la única seria y las demás deben disculparse por existir.
Por cierto, la discusión también incomoda a las humanidades: ¿están enseñando a pensar o, a veces, a repetir con solemnidad lo que pensaron otros?
Saber citar a Sócrates impresiona. Atreverse a revisar las propias certezas cuesta bastante más.
¿Y si lo que molesta es la pregunta?
La dimensión política aparece cuando recordamos que los presupuestos distribuyen posibilidades. Elegir qué se financia y qué se abandona influye en quién podrá estudiar, investigar, participar o hacerse escuchar.
Eso no demuestra que cada ajuste esconda un plan para fabricar ciudadanos dóciles. Sí obliga a discutir prioridades y consecuencias, en vez de presentar todas las decisiones como simples operaciones aritméticas.
Una ciudadanía capaz de distinguir una prueba de una ocurrencia puede resultar incómoda. Preguntará por las promesas del Gobierno, por las explicaciones de la oposición y por las cuentas de quien asegura que él no hace política.
Preguntará también por sus propias preferencias, que suele ser la parte menos concurrida del ejercicio.
La filosofía no posee el monopolio de esas preguntas. Las ciencias, la historia, el periodismo y muchas experiencias de la vida enseñan también a formularlas. Pero sería extraño prescindir de una tradición dedicada a examinar razones justo cuando necesitamos discutir hacia dónde vamos.
Quizá el Bien encuentre comprador. Quizá alguien lo coloque en el salón, entre una planta y un altavoz, y descubra que lo verdaderamente complicado empieza después de adquirirlo: ponerse de acuerdo sobre qué significa.
Mientras tanto, queda la conversación.
¿Qué has aprendido que te haya servido para vivir mejor, aunque nunca te haya dado dinero? ¿Cómo debería demostrar una universidad que utiliza bien sus recursos? ¿Qué cosas te parecen demasiado importantes para que su futuro dependa únicamente de que alguien pueda pagarlas?
Y cuando escuchas que una sociedad tiene que crecer, ¿qué te gustaría ver crecer exactamente?
Si mañana apareciera el Bien en Wallapop, ¿quién crees que lo compraría? ¿Y qué haría con él?
Referencias y notas
- Punto de partida: Xavi Puig, «La falta de dinero en la Complutense obliga a los profesores de Filosofía a vender la idea de Bien en Wallapop», El Mundo Today. Es una pieza satírica. Las escenas y bromas posteriores de este artículo son elaboraciones propias o, en el caso del contable, una adaptación de un chiste popular.
- Platón, La República, libro VI, especialmente 508–509: analogía del Bien y el sol. Texto consultable en Perseus.
- Adam Smith, La riqueza de las naciones, libro I, capítulo IV: valor de uso, valor de cambio y ejemplo del agua y los diamantes. Selección del texto.
- Karl Marx, El capital, libro I, capítulo I; especialmente apartados 1 y 4. Texto completo del capítulo.
- Kenneth E. Boulding, «The Economics of the Coming Spaceship Earth» (1966). La frase sobre el crecimiento se presenta como atribuida: no se afirma que proceda de este ensayo. Una formulación equivalente figura citada a su nombre en un documento para el Foro Estadístico del FMI de 2018.
