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Representación imaginaria de Sócrates, Schopenhauer, Nietzsche y Platón conversando alrededor de una mesa.

El matrimonio según los filósofos: amor, humor y convivencia

Cásate y ya filosofarás: el matrimonio visto con humor

Sócrates, Schopenhauer, Nietzsche y otros pensadores nos invitan —cada uno a su manera— a reflexionar sobre el amor, la convivencia y ese misterioso fenómeno por el que una discusión sobre un lavavajillas puede acabar cuestionando el sentido de la existencia.

Hay decisiones importantes en la vida: elegir una profesión, comprar una casa o decidir si uno quiere compartir su día a día con otra persona.

Y luego está la decisión verdaderamente trascendental: ¿cómo se coloca correctamente el papel higiénico?

Puede parecer una cuestión menor, pero llevamos siglos buscando respuestas a las grandes preguntas de la humanidad, y todavía hay parejas que no han llegado a un acuerdo sobre si el rollo debe caer hacia delante o hacia atrás.

Por suerte, la filosofía puede ayudarnos. O, por lo menos, puede hacer que una discusión sobre el mando de la televisión parezca mucho más profunda.

Antes de empezar, una aclaración: algunas frases antiguas hablan de maridos y esposas porque reflejan la sociedad en la que fueron escritas. Aquí podemos intercambiar los géneros sin problema. Las manías domésticas, las discusiones absurdas y la capacidad de dejar un vaso justo encima del lavavajillas —en lugar de dentro— están repartidas entre toda la humanidad.

Y, aunque hablemos de matrimonio, buena parte de estas reflexiones valen también para cualquier pareja que comparta su vida, con o sin ceremonia, anillos o una tarta de tres pisos.

Sócrates: cásate y, si sale mal, filosofarás

Existe una frase muy conocida que suele atribuirse a Sócrates:

«Cásate: si encuentras una buena pareja, serás feliz; si encuentras una mala, te convertirás en filósofo».

La idea tiene su encanto. En el mejor de los casos, ganas compañía y felicidad; en el peor, al menos tendrás tema para escribir unos cuantos diálogos.

Pero hay un pequeño inconveniente: no está claro que Sócrates dijera eso. No se conoce una fuente antigua que recoja la frase tal como circula hoy, y las versiones localizadas son mucho más recientes.

Así que quizá deberíamos presentarla como un dicho popular atribuido a Sócrates. Lo cual también resulta apropiado: el filósofo nos enseñó a cuestionar lo que creemos saber, y aquí hemos empezado cuestionando la propia cita.

En cualquier caso, la broma admite una actualización: encontrar una buena pareja no garantiza que todos los días sean maravillosos, y una relación difícil no convierte automáticamente a nadie en filósofo.

A veces solo te convierte en una persona que mira el precio de los alquileres.

Representación imaginaria de Sócrates llegando a casa con las manos vacías mientras Jantipa lo mira junto a una cesta sin pan.

¿Y qué pasaba con Jantipa?

Parte de la fama de esta frase tiene que ver con Jantipa, la esposa de Sócrates, que pasó a la historia con reputación de tener un carácter complicado.

En El banquete de Jenofonte, uno de los asistentes se burla de Sócrates preguntándole por qué convive con una mujer tan difícil. El Sócrates del diálogo responde con una comparación que hoy probablemente le habría costado dormir en el sofá: dice que, si aprende a convivir con ella, sabrá relacionarse con cualquier otra persona. Para explicarlo, la compara con un caballo de carácter indómito.

Sí, Sócrates, muy ingenioso. Ahora vuelve a casa y explícaselo a Jantipa.

Pero cuidado: una escena escrita en tono de broma no nos permite saber cómo era realmente su matrimonio. Nos ha llegado la fama de Jantipa, no su versión de los hechos. Y, puestos a imaginar, tampoco sabemos qué pensaría ella de convivir con un señor que pasaba buena parte del tiempo por Atenas haciendo preguntas incómodas a todo el mundo.

Quizá la conversación en casa era algo así:

—Sócrates, ¿has comprado pan?

—Antes de responder, querida, deberíamos preguntarnos qué entendemos exactamente por pan.

—O sea, que no lo has comprado.

Este diálogo, por supuesto, es inventado. Pero es posible que Jantipa también necesitase mucha paciencia.

Schopenhauer: amor, pesimismo y una mesa para uno

Si invitásemos a Arthur Schopenhauer a una boda, probablemente no sería el primero en pedir que pusieran una canción romántica.

El filósofo alemán escribió que, en la sociedad europea monógama, casarse significaba reducir a la mitad los derechos y duplicar los deberes. Una frase que parece escrita por alguien al que acababan de pedir que fregara los platos justo cuando se había sentado.

Schopenhauer tenía fama de pesimista, valoraba mucho la soledad y no se casó. Pero reducirlo todo a «estaba solo y por eso decía esas cosas» sería demasiado fácil: su visión del mundo era más compleja que una mala experiencia sentimental o una tarde aburrida en casa.

Lo que sí debemos decir claramente es que muchas de sus opiniones sobre las mujeres eran misóginas. De hecho, la frase sobre el matrimonio aparece en un texto donde defendía su supuesta inferioridad. No son ideas que debamos aceptar como sabiduría por el mero hecho de que vengan de un filósofo famoso.

Dicho esto, su comentario sobre los deberes da pie a una pregunta interesante: ¿vivir en pareja significa perder libertad?

Puede ocurrir si uno termina tomando todas las decisiones y el otro solo recibe instrucciones. Pero también puede suceder lo contrario: que dos personas compartan tareas, se apoyen y consigan que la vida pese un poco menos.

Es verdad que habrá que negociar algunas cosas. Por ejemplo, dónde colocar esa lámpara que a uno le parece preciosa y al otro le recuerda a una nave espacial averiada.

Pero quizá el problema no sea compartir la vida, sino descubrir demasiado tarde que se tienen opiniones irreconciliables sobre las lámparas.

Schopenhauer, seguramente, habría recomendado vivir solo.

Una pareja sonríe y conversa mientras toma café en la mesa de la cocina.

Nietzsche: ¿podrás seguir hablando con esa persona?

Entre tanto pesimismo aparece Friedrich Nietzsche con una reflexión sorprendentemente práctica.

En Humano, demasiado humano, propone pensar en el matrimonio como una conversación larga. Antes de comprometerse, viene a decir, convendría preguntarse si uno seguirá disfrutando de conversar con la otra persona cuando ambos sean mayores.

Y tiene sentido. La atracción puede encender la chispa, pero la vida cotidiana incluye muchas horas que no parecen sacadas de una película romántica:

—¿Qué hacemos para cenar?

—No sé. ¿Tú qué quieres?

—Me da igual.

—¿Pizza?

—No, pizza no.

En ese momento empieza la verdadera prueba filosófica.

Compartir la vida supone poder hablar de cosas importantes, pero también de tonterías: de una película malísima, de un vecino peculiar o de si una croqueta sigue siendo una croqueta cuando contiene más bechamel que cualquier otra cosa.

Y también supone poder estar en silencio sin sentirse incómodo. A veces una buena conversación consiste en no tener que llenar cada segundo de palabras.

Eso sí, si el silencio aparece justo después de decir «haz lo que quieras», quizá estemos ante otra clase de situación.

Platón y el mito de la media naranja

La expresión «mi media naranja» parece sacada de una película romántica, pero la idea de buscar a nuestra otra mitad tiene una historia muy antigua.

En El banquete de Platón, el personaje de Aristófanes cuenta un mito: los seres humanos eran originalmente unos seres redondos, con cuatro brazos, cuatro piernas y dos rostros. Zeus decidió dividirlos y, desde entonces, cada mitad busca a la otra.

Es una imagen preciosa. Aunque, si nos detenemos a pensar en la logística, aquellos seres originales debían de tener problemas considerables para comprar pantalones.

El mito habla de un deseo que muchos conocemos: encontrar a alguien con quien sentir una conexión profunda. Pero quizá no haga falta pensar que estamos incompletos hasta que aparece otra persona.

Podemos estar bien por nosotros mismos y, aun así, elegir compartir la vida. Dos naranjas enteras también pueden formar una buena pareja.

Incluso cuando una prefiera el zumo con pulpa y la otra considere que eso ya cuenta como ensalada.

Epicteto y el arte de no discutir con la toalla

Los estoicos también tienen algo que aportar a la convivencia. Epicteto insistía en distinguir entre lo que depende de nosotros y lo que no.

Llevado a una casa cualquiera, el ejercicio podría ser este:

  1. Encontramos una toalla húmeda sobre la cama.
  2. Sentimos que la tranquilidad abandona nuestro cuerpo.
  3. Nos preguntamos qué depende de nosotros.
  4. Decidimos hablar antes de declarar una guerra que se prolongue hasta el domingo.

Porque quizá no podamos controlar cada costumbre de nuestra pareja, pero sí podemos intentar explicar qué nos molesta y escuchar su punto de vista.

Eso no significa callarse siempre ni aceptar cualquier comportamiento. La paciencia es valiosa, pero también lo son el respeto, los acuerdos y los límites.

Además, puede que la otra persona tenga una explicación razonable para la toalla. Aunque reconocemos que, en este momento, nos cuesta imaginarla.

El misterioso «no pasa nada»

Toda reflexión sobre la convivencia debe abordar una de las expresiones más complejas del lenguaje humano:

«No pasa nada».

Según el tono, el contexto y la velocidad con la que se cierre una puerta, puede significar:

  • No pasa nada.
  • Pasa algo, pero todavía no sé cómo explicarlo.
  • Pasa algo y creo que deberías saberlo.
  • Pasa algo, lo sabes perfectamente y ahora mismo estás preguntando por tu propia seguridad.

Naturalmente, esto puede decirlo cualquier persona, independientemente de su género. Todos podemos esperar que nos lean la mente y luego sorprendernos cuando la otra persona falla el examen.

Quizá aquí Nietzsche levantaría una ceja y recordaría lo de la conversación larga. Porque, por mucho cariño que exista, nadie viene con un lector de pensamientos instalado de fábrica.

Hablar claro no resuelve todos los problemas, pero al menos evita que el otro tenga que interpretar señales como si estuviera descifrando un manuscrito antiguo.

¿Y si el secreto fuera reírse juntos?

Después de recorrer la antigua Grecia y visitar a unos cuantos alemanes con tendencia a reflexionar intensamente, quizá podamos quedarnos con una idea sencilla: convivir no es encontrar a alguien que piense exactamente como nosotros.

Es aprender a compartir espacio, tiempo, decisiones y, de vez en cuando, el último trozo de pizza.

Habrá desacuerdos. Habrá días en los que uno quiera hablar y el otro necesite silencio. Y casi con toda seguridad habrá algún cajón que ninguno de los dos comprenda cómo ha llegado a llenarse de cables que no parecen pertenecer a ningún aparato conocido.

Pero también puede haber complicidad, conversaciones largas, cuidados mutuos y esa risa que aparece cuando ambos os dais cuenta de que lleváis diez minutos discutiendo sobre algo que ninguno considera realmente importante.

Tal vez el secreto no sea encontrar a alguien con quien nunca discutas, sino a alguien con quien puedas hablar después de la discusión, seguir creciendo y reírte de vez en cuando.

Y si algún día no conseguís poneros de acuerdo sobre quién baja la basura, siempre podéis preguntar a los filósofos.

Aunque Schopenhauer probablemente ya se habrá ido a casa.

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