Victorias pírricas: cuando ganar te sale demasiado caro
Hay discusiones que terminan con un «¿ves como tenía razón?» y una semana de silencio. Ascensos que mejoran la nómina mientras empeoran todo lo demás. Compras que nos hacen sentir libres hasta que llegan los recibos.
Y hay generales que ganan una batalla, contemplan lo que queda de su ejército y comprenden que otra celebración como aquella acabaría con ellos.
A eso lo llamamos una victoria pírrica: un triunfo cuyo coste resulta tan elevado que compromete o incluso anula lo conseguido.
La expresión viene de un rey llamado Pirro. Su historia nos deja una pregunta que sirve tanto para los campos de batalla como para algunas decisiones cotidianas: ¿qué hemos ganado si, para vencer, hemos destruido aquello que pretendíamos conseguir o proteger?
Pirro: enhorabuena, majestad… creo
Pirro, rey de Epiro, se enfrentó a Roma en el siglo III a. C. Tras la batalla de Ásculo, en el 279 a. C., había conseguido una victoria, pero también había sufrido pérdidas difíciles de reemplazar.
El problema iba más allá de contar las bajas. Importaba quién podía recuperarse. Roma podía reponer sus fuerzas con mayor facilidad; Pirro estaba perdiendo soldados experimentados y mandos que necesitaba para continuar la guerra.
Según cuenta Plutarco, cuando alguien lo felicitó, respondió con una frase que podemos traducir así:
Si vencemos a los romanos en otra batalla, estaremos completamente arruinados.
En una adaptación menos solemne: otra victoria como esta y nos vamos a la mierda.
Esta última versión corre de nuestra cuenta. No consta que Pirro hablara como alguien que acaba de recibir el presupuesto del taller.
Pero la idea se entiende: había ganado una batalla y estaba agotando sus posibilidades de ganar la guerra.
Plutarco y el hombre que había detrás del héroe
La anécdota nos llega a través de Plutarco, escritor y filósofo griego que vivió bajo el Imperio romano, varios siglos después de Pirro.
En sus Vidas paralelas emparejó biografías de personajes griegos y romanos para explorar sus trayectorias, su carácter y sus decisiones. Por eso presentamos la frase como algo que Plutarco atribuye al rey, sin imaginar una transcripción recogida por un periodista entre los elefantes.
Su relato de Pirro permite observar cómo la ambición y la capacidad militar podían convivir con decisiones que comprometían el futuro del propio vencedor. Y cuenta otra anécdota que viene especialmente bien para entenderlo.
«¿Y después qué?» El consejero que estropeaba las conquistas
Antes de la expedición a Italia, Cineas, consejero de Pirro, le preguntó qué harían después de vencer a los romanos.
Pirro fue desplegando sus ambiciones: dominar Italia, pasar a Sicilia, extender sus conquistas hacia África y recuperar después Macedonia y Grecia. Cineas seguía preguntando qué vendría a continuación.
Finalmente, el rey explicó que, después de tantas conquistas, podrían descansar, beber y disfrutar de buenas conversaciones. Su consejero le hizo entonces una observación incómoda: ¿qué les impedía disfrutar ya de aquello, sin pasar por tantas guerras y peligros?
Así cuenta Plutarco la conversación, que aquí hemos resumido. En versión de sobremesa: para terminar tomando algo con los amigos, quizá no hacía falta conquistar medio Mediterráneo.
La anécdota no demuestra que cualquier ambición sea absurda. Sí invita a preguntar si el camino elegido guarda alguna proporción con lo que buscamos al final.
Porque también hoy decimos: «Cuando consiga el siguiente ascenso, cuando termine de pagar esto, cuando tenga un poco más… entonces viviré tranquilo».
Y la tranquilidad sigue esperando, como ese amigo al que llevamos tres años diciendo que tenemos que quedar.
Sun Tzu y la factura de una muralla
En El arte de la guerra, Sun Tzu presta mucha atención al coste de combatir. En el capítulo III considera el ataque a ciudades amuralladas un último recurso que conviene evitar cuando sea posible.
Preparar el asedio exige meses de trabajo y recursos. Si el general pierde la paciencia y lanza a sus hombres contra las murallas, puede sufrir pérdidas enormes sin conseguir siquiera tomar la ciudad. Antes de llegar a ese extremo, Sun Tzu da prioridad a frustrar los planes del adversario y deshacer sus alianzas.
La habilidad estratégica también consiste en reconocer cuándo el enfrentamiento elegido amenaza con devorarnos. La conexión con Pirro resulta clara: ¿de qué sirve conquistar una fortaleza si al terminar apenas te quedan fuerzas para defenderla?
A veces seguimos atacando porque ya hemos gastado demasiado para aceptar una retirada. Hemos invertido tiempo, dinero o esfuerzo y sentimos que abandonar convertiría todo lo anterior en una pérdida. Entonces arriesgamos un poco más. Y después otro poco.
Hasta que el objetivo original importa menos que demostrar que no nos habíamos equivocado.
Porque hay generales que quieren conquistar una fortaleza y otros que, llegado cierto punto, solo quieren demostrar que aquella muralla no puede llevarles la contraria.
Conocer al adversario y conocerse a uno mismo
En ese mismo capítulo aparece uno de los pasajes más conocidos de Sun Tzu. Resumido en nuestras palabras, distingue tres situaciones:
- Conocer al adversario y conocerse a uno mismo permite afrontar las batallas sin temer su resultado.
- Conocerse solo a uno mismo deja expuesto a alternar victorias y derrotas.
- Desconocer a ambos conduce al peligro en cada enfrentamiento.
Fuera del contexto militar, podemos leerlo como una invitación a evaluar nuestras posibilidades sin engañarnos. Estudiar el obstáculo sirve de poco si calculamos mal nuestras propias fuerzas. Hace falta saber cuánto podemos resistir, con qué recursos contamos y qué estamos dispuestos a perder.
También conviene hacerse una pregunta incómoda: ¿quiero conseguir algo que me importa o solo quiero salirme con la mía?
Podemos dedicar horas a preparar una respuesta que deje a un amigo sin argumentos, sin detenernos a pensar en cómo vamos a hacerlo sentir. Quizá consigamos demostrar que tenemos razón, pero dañemos la amistad al humillarlo.
¿Queríamos aclarar una diferencia o necesitábamos quedar por encima?
Tener razón tampoco nos exime de cuidar cómo hablamos. Una verdad puede ayudar a resolver un problema o utilizarse para hacer daño. Si pretendíamos entendernos y acabamos deteriorando la relación por el placer de imponernos, quizá hayamos conseguido otra victoria pírrica.
Maquiavelo y el problema del día después
Con Maquiavelo llega otra pregunta: una vez que lo has conseguido, ¿puedes conservarlo?
En El príncipe, dedicado a Lorenzo de Médici el Joven, examina cómo se adquiere y mantiene el poder. Los papas también aparecen en sus páginas porque, en aquella Italia, ejercían poder político, territorial y militar, además de religioso.
El libro arrastra una reputación considerable. Isaiah Berlin recoge una descripción atribuida a Bertrand Russell: «manual para gánsteres». Una recomendación de lectura bastante distinta de «ideal para desconectar este verano».
Pero reducirlo a una colección de trucos para ser malvado nos haría perder parte de lo interesante.
Maquiavelo presta atención a las consecuencias de las decisiones del gobernante. Cuando sostiene que, si hay que elegir, es más seguro ser temido que amado, añade una condición esencial: evitar hacerse odiar.
Esa segunda parte suele desaparecer cuando la frase termina en una taza o en el despacho de alguien insoportable.
Aquí podemos establecer nuestra conexión con las victorias pírricas: un gobernante puede obtener obediencia inmediata mediante decisiones que alimenten el resentimiento y debiliten su posición futura.
A una escala cotidiana, un jefe puede ganar una discusión recordando a todos quién manda y lograr que nadie vuelva a advertirle de un problema.
Ha conseguido que todos le den la razón. Ahora solo le falta alguien que le diga la verdad.
Robert Redford dentro de la fortaleza
El cine ofrece un buen puente entre estas ideas. En La última fortaleza (2001), Robert Redford interpreta al general Eugene Irwin, encarcelado en una prisión militar dirigida por el coronel Winter, al que da vida James Gandolfini.
Irwin acaba organizando a los presos contra los abusos del director. Más que una simple fuga, el conflicto gira alrededor de una rebelión y de la autoridad de quien controla la prisión.
Sin destripar el desenlace, la película permite plantear una pregunta: ¿basta con controlar las puertas, los guardias y los castigos para conservar el mando?
Podemos verla como una ilustración de lo que venimos hablando. La obsesión por imponerse puede dificultar la comprensión de lo que está ocurriendo. Cada desafío se convierte en una ofensa personal y cada respuesta necesita ser más contundente que la anterior.
Hasta que defender la autoridad empieza a parecerse demasiado a ponerla en peligro.
También puedes mantener todas las puertas cerradas y estar perdiendo el control de la situación.
Conquistar un país, mantener un coche
Ocupar militarmente un país puede resultar más fácil que mantener después el control, aunque ninguna de las dos cosas tenga por qué ser fácil.
Conquistar territorio y sostener una ocupación plantean dificultades diferentes. Después vienen el abastecimiento, la administración, la resistencia y la duración del conflicto. Y el cálculo del invasor ni siquiera expresa lo que significa para quienes sufren la guerra: vidas perdidas, desplazamientos y destrucción.
La bandera sobre un edificio no demuestra que el conflicto haya terminado.
A una escala cotidiana, y con consecuencias muy distintas, comprar un coche caro también puede ser más fácil que mantenerlo.
Reúnes la entrada, firmas la financiación y sales del concesionario sintiéndote emperador del asfalto. Después llegan el seguro, los neumáticos, las revisiones y una avería cuya factura parece incluir la compra del taller.
Podías comprarlo. La pregunta era si podías permitírtelo.
Puedes conocer todos sus caballos, su aceleración y hasta el nombre del operario que cosió los asientos. Pero, si desconoces cuánto margen te queda cada mes, todavía falta estudiar a uno de los participantes en la operación: tú.
El comercial te ha explicado cómo llevártelo. Sun Tzu te habría pedido que mirases primero tus provisiones.
No toda compra desacertada constituye una victoria pírrica, pero el ejemplo muestra una trampa frecuente: celebrar una adquisición dejando fuera de la cuenta lo que exigirá después.
Si el coche que compraste para disfrutar de mayor libertad te obliga a trabajar más y a renunciar a todo lo demás, quizá convenga revisar qué has conseguido.
Pirro, al recogerlo del taller, probablemente habría murmurado: «Otra revisión como esta y estamos perdidos».
Entonces, ¿es mejor no intentar ganar?
Esto no significa que debamos renunciar a ganar ni dejar de intentarlo.
Hay objetivos que merecen esfuerzo, conflictos que debemos afrontar y victorias que pueden mejorar nuestra vida. Defender un derecho, proteger a alguien o salir de una situación injusta puede exigir un precio elevado.
Ese coste no demuestra por sí solo que la decisión fuera equivocada. Tampoco cualquier pérdida convierte un triunfo en una victoria pírrica.
La cuestión es si el precio termina destruyendo aquello que pretendíamos conseguir o proteger.
Si discutimos para resolver un problema y acabamos humillando al otro para imponernos, podemos ganar la discusión y dificultar la solución.
Si aspiramos a un puesto para vivir mejor, merece la pena examinar qué significa esa mejora para nosotros. Puede compensarnos el esfuerzo, abrir posibilidades o permitirnos ayudar a nuestra familia. También puede exigir renuncias que no habíamos considerado. Necesitamos mirar el conjunto.
Antes de celebrar, quizá convenga preguntarnos: ¿esta victoria nos acerca a lo que buscábamos?
Y hay otro límite para nuestras metáforas militares: una pareja, una amistad o una conversación no tienen por qué funcionar como una guerra. A veces la primera equivocación consiste en tratar a la otra persona como un enemigo.
Puedes ganar todas las discusiones de casa y acabar viviendo solo con tu impecable argumentación.
Que, por cierto, no baja a comprar el pan.
¿Qué estamos intentando ganar?
Esta reflexión continúa una pregunta que ya aparecía en «Pensar y actuar»: cómo pasar de las ideas a las decisiones sin dejar de examinar lo que hacemos.
Pirro nos hace mirar el desgaste del vencedor. Sun Tzu nos invita a conocer nuestras fuerzas y calcular el enfrentamiento. Maquiavelo nos lleva al día siguiente: las condiciones que permitirán conservar lo conseguido.
Y Cineas sigue al fondo, con esa pregunta capaz de incomodar a un rey y a cualquiera que lleve años aplazando su vida: «¿Y después qué?».
No hace falta renunciar a la ambición. Pero quizá merezca la pena recordar para qué queríamos vencer antes de que la pelea termine decidiéndolo por nosotros.
¿Qué victoria has celebrado y después has descubierto que te salió demasiado cara? ¿Cómo distinguimos un sacrificio que merece la pena de un triunfo que nos deja peor? ¿Cuándo retirarse protege lo importante y cuándo supone abandonar algo por lo que deberíamos seguir luchando?
Y cuando alguien nos diga «lo importante es ganar», ¿qué deberíamos preguntarle antes de empezar la batalla?
