Diógenes: el hombre que tenía tan poco que podía permitirse decirlo todo
Filósofos con rostro
Si Diógenes entrase hoy en un centro comercial, probablemente alguien llamaría a seguridad antes de que llegase a la segunda tienda.
No sabemos qué diría de nuestras compras, pero cuesta imaginarlo solicitando una tarjeta de fidelización.
Después de Tales e Hipatia, nuestra serie se encuentra con un filósofo que invita a hacerse una pregunta incómoda: ¿cuántas cosas necesitamos y cuántas necesitamos que los demás vean que tenemos?
Antes de empezar: ¿qué Diógenes?
Diógenes de Sinope y Diógenes Laercio son dos personas diferentes. Y hay una pequeña ironía: uno de ellos nos ayuda a conocer al otro.
Diógenes de Sinope, que vivió en el siglo IV a. C., es nuestro protagonista: una de las grandes figuras de la filosofía cínica, famoso por su austeridad y sus provocaciones.
Diógenes Laercio, situado habitualmente en el siglo III d. C., escribió Vidas y opiniones de los filósofos ilustres. Reunió noticias, doctrinas y anécdotas de numerosos pensadores, incluido su tocayo.
Los separan unos seis siglos. Laercio no fue un testigo presencial: su obra conserva materiales anteriores y también relatos legendarios. Por eso aquí hablaremos de anécdotas transmitidas por la tradición, sin fingir que disponemos de una grabación de los hechos.
Cínico, pero ¿en qué sentido?
Hoy solemos llamar cínico a quien miente o actúa de forma deshonesta con descaro, incluso aparentando una virtud que no practica. Pero el cinismo de Diógenes tenía otra intención: denunciar las convenciones y las falsas necesidades mediante una vida austera y una franqueza que podía resultar escandalosa.
La palabra procede del griego kynikós, «perruno», relacionado con kýōn, «perro». El perro quedó asociado a estos filósofos por su forma de vivir: sencilla, ajena a las apariencias y sin demasiadas contemplaciones con las normas sociales.
Con el tiempo, el descaro y la desvergüenza asociados a los antiguos cínicos adquirieron un sentido peyorativo en el uso corriente. La palabra conservó la insolencia, pero dejó de implicar aquel compromiso filosófico con la virtud.
La diferencia tiene su gracia: el cínico actual puede presumir de unos principios que incumple; Diógenes podía incomodarte precisamente por llevar los suyos hasta las últimas consecuencias. Aunque eso tampoco lo convertía automáticamente en un vecino recomendable.
Una vivienda sin espacio para acumular
La tradición presenta a Diógenes de Sinope viviendo en un pithos, una gran tinaja de cerámica. El famoso «barril» con el que suele representarse es una adaptación posterior de esa imagen.
Hoy algún anuncio podría ofrecerlo como «estudio independiente, concepto abierto y excelente ventilación». El precio seguramente exigiría nómina y dos avalistas.
Diógenes no necesita convencernos de que nos mudemos a una tinaja. Su desafío resulta bastante más incómodo: ¿seguimos comprando cosas para vivir mejor o hemos acabado organizando nuestra vida para poder comprar más?
Compramos algo para estar cómodos. Después necesitamos protegerlo, mantenerlo, sustituirlo y comprar otra cosa que combine. La comodidad llega acompañada de obligaciones que no siempre figuraban en la etiqueta.
La práctica cínica proponía ejercitar la independencia frente a las necesidades superfluas y las convenciones. No bastaba con hablar de libertad: había que probar cuánto dependía uno del confort y de la aprobación ajena.
El niño que dejó sin trabajo a una taza
Según cuenta Laercio, Diógenes vio a un niño beber con las manos y se deshizo de su vaso: el pequeño le había enseñado una forma más sencilla de satisfacer la misma necesidad.
La escena resulta especialmente divertida vista desde una época que vende productos para ayudarnos a comprar menos productos.
Podemos imaginar una «taza minimalista definitiva», de edición limitada y con embalaje sostenible. Diógenes tendría algunas preguntas para el departamento de marketing.
No hace falta renunciar a la vajilla para entender el desafío: ¿este objeto mejora mi vida o simplemente me he acostumbrado a pensar que lo necesito?
Y cabe una segunda pregunta, menos cómoda: ¿podría disfrutarlo igual si nadie supiera que lo tengo?
Alejandro podía ofrecerle casi todo
Otra célebre anécdota presenta a Alejandro ante Diógenes mientras este toma el sol. El poderoso le ofrece concederle un deseo. La respuesta del filósofo equivale a pedirle que se aparte: le está tapando la luz.
El relato enfrenta dos formas de entender la grandeza: ampliar lo que podemos conseguir o reducir aquello de lo que dependemos.
Nosotros probablemente habríamos aprovechado para preguntar por una vivienda, unas vacaciones o la cancelación de la hipoteca. Diógenes reclama algo que ya estaba disfrutando antes de que llegase el personaje importante.
Leída hoy, la escena plantea una cuestión política además de personal: ¿qué libertad conserva alguien que necesita agradar constantemente a quien puede recompensarlo?
Hay favores que ayudan. Otros llegan con una cuerda tan fina que apenas se ve hasta que intentamos alejarnos.
Una lámpara encendida a pleno día
La tradición también lo muestra recorriendo la calle con una lámpara y diciendo que busca un ser humano.
Podemos leer el gesto como una provocación: tener apariencia humana no garantiza vivir con sensatez, honestidad o coherencia.
Es fácil reírse imaginando a Diógenes entre políticos, tertulianos y vendedores de soluciones definitivas. Lo difícil empieza cuando la lámpara gira hacia nosotros.
¿Defendemos lo mismo cuando nos beneficia y cuando nos perjudica? ¿Nos indigna una conducta o nos indigna que la practique el contrario?
Diógenes podría resultar muy entretenido en una cena. Hasta que llegase nuestro turno.
También habría que hacerle preguntas a él
Conviene resistirse a convertirlo en un santo del desapego.
Su provocación abre una discusión, pero no la resuelve siempre. ¿Basta con desafiar una costumbre para demostrar que es absurda? ¿Toda franqueza ayuda a comprender o a veces solo sirve para humillar?
Podemos preguntarnos incluso si la necesidad de escandalizar a los demás no acaba siendo otra dependencia. Quien organiza cada gesto para provocar una reacción sigue pendiente, de algún modo, del público.
También es imprescindible distinguir la austeridad elegida de la privación impuesta. Elegir vivir con poco y carecer de lo necesario son situaciones diferentes. Sería cruel utilizar a Diógenes para explicar a alguien sin vivienda que debería sentirse más libre.
Una cosa es revisar nuestros deseos; otra, convertir las carencias ajenas en una lección edificante para quienes las observamos desde un lugar cómodo.
Si hoy se sentase a nuestra mesa…
No creo que hiciera falta esconder el teléfono, regalar los muebles y buscar una tinaja. Además, en Galicia habría que resolver primero el problema de la lluvia.
Pero quizá su visita nos dejase pensando en alguna compra, alguna apariencia y alguna opinión que sostenemos para seguir encajando.
¿Qué cosa tienes que te hace la vida mejor de verdad?
¿De cuál podrías prescindir, pero te costaría renunciar por lo que significa ante los demás?
¿Hasta dónde admiramos a alguien que dice lo que piensa? ¿También cuando lo que piensa nos incomoda a nosotros?
Y si Diógenes apareciese con su lámpara, ¿qué crees que vería al detenerse delante de ti?
Fuentes:
- Diógenes Laercio, Vidas y opiniones de los filósofos ilustres, libro VI, especialmente §§ 23, 37–41.
- Julie Piering, «Diogenes of Sinope», Internet Encyclopedia of Philosophy: https://iep.utm.edu/diogenes-of-sinope/
- Wolfgang Felix, «Diogenes Laertius», Encyclopaedia Iranica: https://www.iranicaonline.org/articles/diogenes-laertius/
- Julie Piering, «Cynics», Internet Encyclopedia of Philosophy: https://iep.utm.edu/cynics/
- «Cinismo», Encyclopaedia Herder: https://encyclopaedia.herdereditorial.com/wiki/Cinismo
Nota editorial: las comparaciones actuales y las reflexiones son elaboración del artículo. Las anécdotas se presentan como tradición literaria, no como hechos comprobados ni citas textuales en español.
