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Ilustración de Tales de Mileto contemplando el mar al anochecer, con un puerto antiguo al fondo.

Tales de Mileto: mirar las estrellas sin perder de vista el suelo

Tales de Mileto: mirar las estrellas sin perder de vista el suelo

Filosofía con rostro · Primera entrega

Hay preguntas que parecen poco prácticas hasta que alguien se atreve a hacerlas. ¿De qué está hecho el mundo? ¿Por qué cambian las cosas? ¿Podemos explicar lo que sucede sin recurrir siempre a la voluntad de un dios?

Y luego está la pregunta que tarde o temprano recibe cualquiera que se interesa por la filosofía:

—Todo eso está muy bien, pero ¿para qué sirve?

A Tales de Mileto, según una historia antigua, también le hicieron esa observación. Y la tradición le atribuye una respuesta bastante peculiar: ganar dinero con las aceitunas.

Pero vayamos por partes. Antes de llegar al aceite tenemos que hablar del agua. Y de un pozo.

Un hombre de una ciudad abierta al mundo

Tales vivió entre los siglos VII y VI antes de nuestra era, en Mileto, una ciudad griega de Jonia situada en la costa de la actual Turquía. Sus fechas exactas son inciertas, y no conservamos obras suyas cuya autenticidad podamos comprobar. Reconstruimos su pensamiento mediante testimonios posteriores.

Este detalle conviene recordarlo: conocemos a Tales a través de lo que otros contaron de él. Algo parecido a reconstruir la vida de un vecino preguntando en el bar, aunque aquí algunos de los que hablan son Platón y Aristóteles.

La tradición lo presenta interesado en la naturaleza, la astronomía y la geometría. En su mundo, las disciplinas todavía no estaban separadas como en nuestros horarios escolares. Preguntarse por el cielo, por las medidas o por el origen de las cosas formaba parte de una misma curiosidad.

A algunos, además, el nombre nos devuelve al aula y a una versión bastante poco académica del teorema de Tales: «De follar en los portales; de esto se deduce que el que no jode no produce». No servía para aprobar geometría, pero tenía una facilidad de memorización que ya quisieran muchas fórmulas. Dejemos constancia, por respeto al expediente del hombre, de que esta aportación pertenece al folclore estudiantil.

Se le suele llamar el primer filósofo de la tradición occidental. Es una etiqueta útil para empezar el recorrido, siempre que no imaginemos que antes de él nadie había pensado. Las culturas de Egipto y Mesopotamia tenían largos conocimientos acumulados, y la reflexión humana tampoco empezó ni terminó en Grecia.

Tales es una puerta de entrada a esta historia. No el propietario de todas sus llaves.

¿Todo viene del agua?

Aristóteles atribuye a Tales la idea de que el agua es el principio de todas las cosas. A ese fundamento los filósofos griegos lo llamaron arché: aquello de lo que procede la diversidad del mundo.

Dicho así, puede parecer una ocurrencia de alguien que llevaba demasiado tiempo mirando el mar.

Pero intentemos entender la pregunta: detrás de tantas cosas diferentes, ¿puede existir una realidad común? ¿Hay algo que explique su origen y sus transformaciones?

Aristóteles sugiere que la relación entre humedad, alimento y vida pudo orientar aquella respuesta. Lo plantea como una posible explicación, no como si hubiese encontrado el cuaderno de notas de Tales.

Hoy sabemos que el agua no es la sustancia fundamental de todo lo que existe. El interés de la propuesta está en buscar un principio natural que permita comprender muchos fenómenos mediante una explicación común.

Tales acertó menos con la respuesta que con la ambición de la pregunta.

Pero concedámosle algo: el agua cubre aproximadamente el 71 % de la superficie terrestre. Visto desde fuera, llamar «Tierra» a este planeta tiene cierto sesgo de quienes vivimos en la parte seca. «Planeta Agua» tampoco habría sido un mal nombre. Y, si miramos hacia dentro, en los adultos el agua suele representar alrededor del 50–60 % del peso corporal, con variaciones según la edad y la composición del cuerpo. Somos, en buena medida, agua con asuntos pendientes.

Estos datos no demuestran que todo proceda del agua, como proponía Tales, pero ayudan a entender por qué concederle tanta importancia no era una ocurrencia sin fundamento. Entre el paisaje y nuestro propio cuerpo, motivos para fijarse en ella no le faltaban.

Desde Galicia, de todos modos, se entiende que alguien conceda al agua un papel protagonista en el universo. Hay semanas en las que parece una conclusión sacada directamente de la ventana.

Una explicación que se puede discutir

No conviene convertir esta historia en una escena de película: un día todo el mundo cree en mitos, aparece Tales y, a la mañana siguiente, ya existe la ciencia moderna.

Los cambios fueron más complejos. Buscar explicaciones naturales no equivale automáticamente a ser ateo, ni a disponer de nuestro método científico.

Sin embargo, hay una posibilidad poderosa en esa búsqueda: si alguien propone una explicación sobre la naturaleza, podemos examinar sus razones y plantear otra mejor.

La autoridad de una respuesta empieza a depender de algo más que de su antigüedad o del prestigio de quien la pronuncia.

Y eso sigue siendo incómodo. Porque todos apreciamos el pensamiento crítico hasta que alguien lo aplica a nuestra opinión favorita.

 

El filósofo y el pozo

En el Teeteto, Platón cuenta que Tales cayó en un pozo mientras observaba las estrellas. Una sirvienta tracia se burló de él: quería conocer lo que había en el cielo y no veía lo que tenía delante de los pies.

Es una anécdota transmitida mucho después de su vida, no un accidente que podamos dar por documentado. Pero como retrato humorístico del sabio distraído funciona estupendamente.

Tiene, además, dos protagonistas dignos de atención. Tales mira lejos; la mujer detecta lo inmediato. Él quiere comprender el universo; ella advierte que comprender el universo no te exime de mirar por dónde caminas.

Podemos leer la escena como una invitación a mantener juntas ambas capacidades. Necesitamos imaginación para levantar la vista y atención para reconocer el suelo que pisamos.

Quizá la filosofía se vuelve más interesante cuando escucha también a quien se ríe del filósofo.

 

Las aceitunas y la utilidad de saber

Aristóteles recoge otra historia. Ante quienes se burlaban de su pobreza y de la inutilidad de la filosofía, Tales habría previsto una cosecha abundante de aceitunas y reservado a bajo precio el uso de las prensas de aceite de Mileto y Quíos. Cuando llegó la demanda, pudo alquilarlas más caras y obtener beneficios.

La moraleja del relato es que el filósofo podía enriquecerse si quería, aunque perseguía otros fines. También aquí hablamos de una tradición, no de cuentas auditadas.

Hasta este punto, parece una bonita defensa del conocimiento. Pero Aristóteles señala algo menos romántico: el procedimiento consistía en crear un monopolio.

Nuestro sabio acaba de pasar de observar estrellas a controlar una infraestructura que los demás necesitan. La filosofía empieza preguntando por el origen del universo y termina obligándonos a leer la letra pequeña del alquiler.

Eso abre una discusión que va más allá de Tales: ¿basta con demostrar que un conocimiento permite ganar dinero para demostrar que es valioso? ¿Y quién sale beneficiado de su aplicación?

Del cielo a la plaza pública

Podemos trasladar esas preguntas a nuestro presente sin atribuirle a Tales nuestras ideas políticas.

Cuando exigimos que la educación, la investigación o la cultura justifiquen su existencia únicamente mediante una rentabilidad inmediata, estamos eligiendo una manera concreta de medir su valor.

Aprender también puede ayudarnos a comprender una decisión pública, detectar una manipulación o discutir una injusticia. Son capacidades cuyo beneficio resulta difícil meter en una factura, pero afectan a cómo convivimos.

Ahora bien, la historia del pozo conserva su aguijón: las grandes ideas también deben atender a las condiciones reales de las personas. Una teoría magnífica sobre la sociedad puede quedarse muy corta si no escucha a quienes viven en ella.

Un amigo filósofo lo resumía con una expresión bastante más directa: «A tu teoría le falta calle». Hay ideas que explican perfectamente cómo debería vivir la gente, pero parecen haber hablado muy poco con ella. Antes de dar por terminada una teoría sobre la sociedad, quizá convenga sacarla a pasear: que haga la compra, espere una cita y pruebe a llegar a fin de mes. Si vuelve intacta, seguimos hablando.

Entre la sirvienta que ve el obstáculo y el sabio que busca una explicación hay una conversación pendiente.

¿Qué merece nuestra curiosidad?

Tales nos llega envuelto en incertidumbres, relatos y una propuesta sobre el agua que hoy no aceptaríamos. Aun así, sigue siendo un buen compañero para comenzar este viaje: nos obliga a pensar en el valor de preguntar y en los límites de nuestras respuestas.

También permite empezar sin solemnidad excesiva. Si uno de los grandes nombres de la filosofía puede terminar en un pozo, quizá los demás podamos reconocer una equivocación sin que se hunda toda nuestra dignidad.

¿Qué conocimiento te ha resultado valioso aunque nunca te haya dado dinero? ¿Recuerdas alguna pregunta que cambiara tu manera de ver algo cotidiano?

Y, en la escena del pozo, ¿con quién te identificas más: con quien mira las estrellas, con quien advierte el peligro… o depende del día?


Fuentes y notas para la revisión

  • Aristóteles, Metafísica, libro I, capítulo 3 (983b): atribución del agua como principio y posibles razones de esa propuesta. Texto.
  • Platón, Teeteto, 174a–b: relato del pozo y la sirvienta tracia. Texto.
  • Aristóteles, Política, libro I, capítulo 11 (1259a): relato de las prensas y explicación del monopolio. Texto.
  • Patricia F. O’Grady, «Thales of Miletus», Internet Encyclopedia of Philosophy: contexto biográfico y transmisión de sus ideas. Artículo.
  • USGS, How Much Water is There on Earth? y The Water in You: Water and the Human Body: superficie cubierta por agua y proporción de agua corporal. Planeta · Cuerpo humano.

Las bromas, analogías actuales y preguntas políticas son elaboración del artículo. Las anécdotas antiguas se presentan como relatos transmitidos, no como hechos comprobados.

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