A Dios rogando… ¿y el mazo?
Sobre el incienso, la ley del mínimo esfuerzo y nuestra afición a dejar los asuntos difíciles en manos del departamento celestial.
Hay una forma muy cómoda de afrontar los problemas: elevar una petición al cielo y quedarse abajo esperando noticias.
Queremos cambiar de trabajo, mejorar nuestra vida o sacar adelante un proyecto. Podemos prepararnos, tomar decisiones y exponernos a que algo salga mal. También podemos encender una vela.
La vela tiene una ventaja competitiva: no exige actualizar el currículum.
El problema empieza cuando confundimos sentir que hemos hecho algo con haber hecho lo necesario. Porque una cosa es encontrar fuerzas en la fe y otra encargarle a la divinidad toda la mudanza mientras nosotros vigilamos las cajas desde el sofá.
El incienso y la responsabilidad
Pensemos en esa imagen: ante la posibilidad de esforzarse por avanzar, alguien prefiere ir al templo a quemar incienso.
Como provocación, funciona. El humo sube; las tareas pendientes se quedan exactamente donde estaban.
Pero la escena admite una pregunta incómoda: ¿esa persona busca una excusa o un poco de valor para continuar? Desde fuera, las dos cosas pueden parecerse. Por dentro, son muy distintas.
Hay quien sale de un templo dispuesto a afrontar lo que le asusta. Y hay quien sale convencido de que ya ha cumplido su parte.
Este último ha encontrado una modalidad extraordinaria de productividad: delegar en alguien que no te va a pedir una reunión de seguimiento.
Kant y la comodidad de que piense otro
Kant abordó un problema cercano en su ensayo ¿Qué es la Ilustración?: la comodidad de dejar que otros dirijan nuestro entendimiento. Señaló la pereza y la cobardía como motivos por los que podemos renunciar a pensar por cuenta propia. Su invitación era atreverse a usar el propio juicio.[1]
Pensar cansa. Decidir compromete. Si elegimos nosotros, después resulta más difícil poner cara de «a mí me dijeron».
En una versión doméstica del asunto, que Kant nunca escribió, la cosa sonaría así:
—¿Qué vas a hacer con tu vida?
—Estoy esperando una señal.
—¿Y esa carta que pone «último aviso»?
—Una señal más espiritual.
A veces no nos faltan indicaciones. Nos falta aceptar que la siguiente decisión nos corresponde.
Buda tampoco te va a hacer los deberes
La idea de pedirle a Buda que resuelva lo que no queremos afrontar tiene una ironía añadida: el Dhammapada, en su verso 276, atribuye el esfuerzo a quien recorre el camino y presenta a los budas como quienes lo muestran.[2]
Dentro de su contexto espiritual, el mensaje exige práctica personal. Aplicado con humor a nuestras preocupaciones diarias: te pueden orientar, pero nadie puede recorrer por ti todos los pasos.
Hasta el GPS necesita que arranques el coche.
Conviene recordarlo también cuando el templo tiene wifi. Podemos sustituir el incienso por vídeos motivacionales, agendas preciosas o una aplicación que promete organizarnos la vida.
Llevamos tres semanas eligiendo la herramienta con la que vamos a empezar.
Eso sí: el proyecto ya tiene logotipo.
Gracias a Dios… y a quienes estaban de guardia
Después llega el éxito y aparece otra escena conocida.
Una persona supera una operación complicada. «Gracias a Dios», dice alguien. Para quien cree, puede ser una expresión sincera de alivio y gratitud.
Pero estaría bien que ese agradecimiento alcanzase también al equipo que llevaba horas trabajando, a quien estudió durante años y a quien pasó la noche pendiente de un monitor.
El anestesista también estaba allí. Y preferimos que no trabajase por inspiración.
Agradecer a Dios puede convivir perfectamente con reconocer las manos humanas. El problema aparece cuando esas manos desaparecen del relato.
Lo mismo ocurre con los logros propios. Si estudiaste, pediste ayuda, volviste a intentarlo y soportaste meses de incertidumbre, puedes reconocerlo sin que se abra una investigación por soberbia.
La humildad permite decir «no lo hice solo». No obliga a decir «yo no hice nada».
Epicteto pone orden en el reparto
Epicteto abre su Manual distinguiendo entre lo que depende de nosotros —nuestros juicios y actos propios— y lo que queda fuera de nuestro poder.[3]
Es una distinción útil para este lío: nuestra parte existe, pero tiene límites.
Podemos preparar una entrevista; no decidir que nos contraten. Podemos cuidar una relación; no gobernar los sentimientos ajenos. Podemos trabajar con seriedad; no garantizar que las circunstancias acompañen.
Reconocer esos límites evita dos trampas: esperar que todo venga de fuera y creer que todo depende de nuestra voluntad.
La segunda produce discursos muy vistosos y una crueldad considerable. Si cualquier éxito demuestra esfuerzo, cualquier fracaso acaba pareciendo pereza.
Y no. Hay gente agotada, enferma o atrapada en condiciones difíciles. A quien lleva años remando no hace falta regalarle una taza que diga «sal de tu zona de confort». Quizá necesita que alguien coja el otro remo.
El mazo también puede compartirse
Pedir ayuda forma parte de actuar. Consultar a quien sabe, acudir a terapia, aprender de otra persona o admitir que no podemos solos exige a veces más valor que seguir fingiendo autosuficiencia.
La diferencia está en lo que hacemos con esa ayuda.
¿La usamos para avanzar o para entregar indefinidamente nuestra responsabilidad?
Tampoco todo ahorro de esfuerzo es sospechoso. Si una herramienta permite terminar antes, estupendo. Nadie necesita lavar la ropa en el río para demostrar carácter.
La ley del mínimo esfuerzo se vuelve problemática cuando pretendemos conservar el resultado y suprimir cualquier aportación propia. Queremos la cosecha, pero sembrar nos parece una actividad poco alineada con nuestro momento vital.
El curioso reparto de los méritos
Hay otro detalle que merece una silla en esta conversación: no siempre repartimos las responsabilidades con el mismo criterio con el que repartimos los aplausos.
Si algo sale bien, hablamos del esfuerzo, de la providencia o de nuestra extraordinaria capacidad para intuir oportunidades. Si sale mal, aparecen la mala suerte, los demás y un universo que, por lo visto, llevaba meses preparando una operación contra nosotros.
También ocurre al revés: hay quien entrega todos sus éxitos al cielo y se queda en exclusiva con todas sus culpas. Un reparto bastante ruinoso. Dios se lleva las reseñas de cinco estrellas y uno atiende el mostrador de reclamaciones.
¿Con qué criterio decidimos qué parte fue nuestra? ¿Usamos el mismo cuando ganamos que cuando perdemos? ¿Reconocemos la suerte cuando nos favorece con la misma facilidad con la que la denunciamos cuando nos perjudica?
Quizá nos cueste aceptar una historia menos espectacular: hicimos algunas cosas bien, otras personas ayudaron y hubo circunstancias que no controlábamos. No queda tan rotundo como «estaba destinado a triunfar», pero permite mencionar a quien nos prestó la furgoneta.
Esperar también tiene sus comodidades
A veces, mientras esperamos, conservamos algo muy valioso: la posibilidad de imaginarnos triunfando sin haber pasado todavía por la prueba.
El proyecto que no empezamos sigue siendo brillante. El libro que no escribimos no tiene una sola página mala. La conversación que aplazamos conserva todas las respuestas perfectas que se nos ocurren en la ducha.
En cuanto actuamos, la realidad adquiere la desagradable costumbre de introducir correcciones.
Puede que nuestra idea necesite trabajo. Puede que alguien nos diga que no. Puede que descubramos que queríamos el resultado, pero no tanto el proceso. Mientras tanto, «cuando llegue el momento» es un lugar confortable: siempre tiene sitio y nunca exige fecha de salida.
¿Cuántas veces estamos esperando una oportunidad y cuántas estamos evitando una comprobación? ¿Qué nos tranquiliza más: confiar en que algo sucederá o no tener que averiguar todavía qué pasaría si lo intentásemos?
No hace falta una creencia religiosa para instalarse ahí. Hay quien espera a que se alineen los planetas y quien espera a que sea lunes. El mecanismo puede parecerse bastante; cambia el calendario litúrgico.
¿Y si tampoco se trata de dar más golpes?
Hasta el mazo del refrán merece alguna pregunta. Porque golpear mucho no garantiza estar construyendo nada. A veces solo significa que los vecinos ya han llamado dos veces.
Podemos movernos sin avanzar, llenar la agenda para evitar una decisión o trabajar hasta el agotamiento en algo que ya no sabemos por qué hacemos. Estar ocupados ofrece una coartada estupenda: mientras corremos, nadie nos pregunta adónde vamos. A veces, ni nosotros mismos.
¿El esfuerzo que defendemos tiene una dirección o solo una buena reputación? ¿Descansar nos parece sospechoso porque hay algo pendiente o porque hemos aprendido a sentir culpa en cuanto nos sentamos?
Estas preguntas complican la escena del templo. Quien está quieto puede estar reuniendo fuerzas. Quien no para puede estar huyendo. Desde fuera, uno parece pasivo y el otro ejemplar. Haría falta conocer algo más que sus horarios para entenderlos.
La sabiduría popular también deja preguntas
«A Dios rogando y con el mazo dando».
El refrán reúne la oración y el movimiento en una misma frase. Pero no especifica cuántos golpes hacen falta, cuándo conviene parar ni quién nos vendió el mazo. La sabiduría popular tiene estas cosas: deja una frase memorable y nos encarga la letra pequeña.
Cuando algo sale bien, ¿hay sitio en nuestro agradecimiento para todo lo que lo hizo posible? ¿Para la fe, si la tenemos; para quienes ayudaron; para la suerte; para nuestras decisiones? ¿O necesitamos que el mérito tenga un solo dueño para que la historia nos resulte más sencilla?
Y cuando las cosas se tuercen, ¿somos capaces de revisar nuestra parte sin atribuirnos poderes que nunca tuvimos? ¿Dónde termina la responsabilidad y empieza esa fantasía agotadora de que deberíamos haber podido con todo?
Mientras resolvemos esas dudas, quizá sirva algo bastante sencillo: hacer la parte que nos corresponde, pedir ayuda cuando haga falta y reconocer a quienes estuvieron ahí. Confiar puede darnos fuerzas; descansar puede ayudarnos a recuperarlas. El incienso, si nos acompaña, tampoco tiene por qué quedarse fuera.
Quizá la escena final sea esa: alguien frente a una vela, una lista de asuntos pendientes sobre la mesa y un mazo apoyado en la pared. Todavía no sabemos si está a punto de levantarse o si lleva toda la tarde negociando una prórroga con la eternidad.
Pero esta historia admite más de una lectura. Para algunas personas, la fe ha sido precisamente lo que les permitió levantarse y actuar. Otras han aprendido a confiar en sí mismas después de pasarse años esperando una respuesta. Y habrá quien recuerde una ocasión en la que trabajó cuanto pudo y lo que cambió las cosas fue una ayuda que nunca habría imaginado.
¿Cómo lo veis vosotros? ¿Qué lugar tienen la fe, el esfuerzo, la suerte o la ayuda de los demás en vuestra manera de afrontar la vida?
¿Hay alguna experiencia que os haya hecho cambiar de opinión sobre estas cosas? ¿O algún punto de este artículo con el que no estéis de acuerdo?
Los comentarios quedan abiertos. También para quien quiera defender el incienso: después de todo este artículo, merece tener derecho a réplica.
Referencias
Las escenas y los diálogos humorísticos son invenciones del artículo; no son citas de los autores.
- Immanuel Kant, Respuesta a la pregunta: ¿Qué es la Ilustración? (1784). Texto en traducción inglesa, Columbia University.
- Dhammapada, capítulo XX, verso 276. Traducción de Acharya Buddharakkhita.
- Epicteto, Manual o Enquiridión, capítulo 1. Texto en traducción inglesa, Project Gutenberg.
